EncuEntros. rEvista dE ciEncias Humanas, tEoría social y PEnsamiEnto crítico. issn: 2343-6131 / dEP. lEgal: PP 201202Zu4143

año 6. 7. EnEro-Julio 2018 pp. 91-114

univErsidad nacional ExPErimEntal rafaEl maría Baralt

 

 

La Genealogía como método histórico-filosófico para el estudio de la cultura organizacional blica. Genealogy as a historical-philosophical method for the study of public organizational culture

 

Norjhira Romero

Eduardo Villasmil

eduardojovillasmil23@gmail.com

 

 

 

RESUMEN

Presentamos una propuesta de método histórico-filosófica desde la perspectiva del pensador francés Michel Foucault -pensamiento que relacionamos con Nietzsche, de quien se apropia y reelabora la genealogía-, como una historia del presente, cuya actividad no puede ser labrada por la “conciencia espontánea” sino por un trabajo de reconstrucción intelectual que piensa el pasadocomolahistoriadelaconstruccióndelaculturadelmundoorganizacionalpúblicoactual

Palabras Claves: Genealogía, Focault, Organizacional. .

 

 

ABSTRACT

We present a proposal  of historical-philosophical  method  from the perspec- tive of the French thinker Michel Foucault  -thought  we relate to Nietzsche, who appropriates  and re-elaborates  the genealogy-,  as a history of the pre- sent, whose activity can not be shaped by “spontaneous awareness” “But for a work of intellectual reconstruction that thinks about the past as the history of the construction of the culture of the current public organizational world

Keywords: Genealogy, Focault, Organizational.

 

 

 

 

 

 

 

Recibido: 29-05.2017 • Aceptado: 23-06-2017


 

 

En el curso de 1976, Foucault establece tres registros: 1. La his- toria, 2. La filosofía, 3. La toma de partido, lo que podemos carac- terizar como una especie de militantismo. Estos tres registros de discurso convergen hacia una nueva forma de entender y escribir la historia.

 

Yves Charles Zarka.

 

 

 

Mira, difícilmente se puede decir eso. ¿Tienes documentos? Michel Foucault.

A manera de introducción*.

Al  hacer genealogía desde la  figura foucaultiana   estamos cons- truyendo una  arqueología del  saber,  porque  nos  estamos pre- guntando  cómo  se   constituye un   saber,  lo   cual   tiene  doble implicación,  por una parte, mostrar  el funcionamiento  de los razona- mientos en el interior de una cultura (en este caso una organizacional pública), y por la otra, una interrogación a los saberes de una época.

 

Ante tan interesante  afirmación  y ante esta intención,  unas pala- bras de  Deleuze que consideramos  condensa el  propósito teórico:

 

Una teoría es exactamente como una caja de herramientas (…) es preciso que sirva, que funcione, y que funcione para otros, no para uno mismo. Si no hay personas que se sirvan de ella, comen- zando por el propio teórico, que deja entonces de ser teórico, es que la teoría no vale nada, o que aún no llegó su momento (…) Es curioso que un autor que pasa por un puro intelectual, Proust, quien lo haya dicho tan claramente: tratad mi libro como un par de lentes dirigidos hacia el exterior, y bien, si no os sirven, tomad otros, encontrad vosotros mismos vuestro aparato que es necesa- riamente un aparato de combate. Negrillas nuestras. (Deleuze y Foucault, 1972:107-108).

 

Este planteamiento en clave foucaultiana tiene que ver con: las prác- ticas o discursos que han llegado a considerarse “normales”, la cons- titución del sujeto y las sujeciones, la historia con sus intensidades, dis-

*Agradecemos a la Dra. Julissa Rubio Álvarez y al maestro Prof. Dr. Gregorio Valera-Villegas, por sus inspiradoras orientaciones sobre genealogía, cuyo texto pertenece a uno mayor como parte de la investigación que desarrollamos y que con ampliaciones viene siendo mostrado en otras publicaciones.


 

 

continuidades, sus desfallecimientos, sus furores secretos, sus grandes agitaciones febriles tanto como sus síncopes, es el cuerpo mismo del devenir.

 

Siguiendo a  Foucault para  hacer genealogía nos  preguntaremos por las condiciones  de posibilidad  de los asuntos públicos  intentan- do mostrar  cuándo,  por qué y en qué circunstancias  aparecen  como acontecimiento   organizacional   en  el  contexto venezolano, mostrar los mecanismos que han posibilitado que sea como es y quién o qué y por qué (se) decidió eso y no otra cualquiera  de las posibles.  En otras palabras, ¿Cómo funciona esto?, ¿Cómo y qué es lo que lo hace posible (poder)?, ¿Cómo se fundamenta?,  ¿Qué es lo que la legiti- ma?, ¿Qué enunciados han funcionado con efectos de verdad (saber)?.

 

De allí que realizar una investigación  histórico-filosófica apoyada  en el planteamiento de Foucault como historiador, quien estaba particular- mente interesado en el cambio de la cosas a través del tiempo, es efec- tuarla distinto al sentido de la disciplina histórica, historia monumen- tal y a la historia reliquia. De allí que con firmeza señala que Paul Ree

 

se equivoca, como los ingleses, al describir génesis lineales, al ordenar, por ejemplo, solo en función de lo útil… como si las palabras hubiesen guardado su sentido, los deseos su dirección, las ideas su lógica; como si este mundo de cosas dichas y queridas no hubiese conocido invasiones, luchas, rapiñas, disfraces, astu- cias. De ahí la necesidad, para la genealogía, de una indispens- able cautela: localizar la singularidad de los acontecimientos, fuera de toda finalidad monótona; atisbarlos donde menos se los espera, y en lo que pasa por no tener historia –los sentimientos, el amor, la conciencia, los instintos-; captar su retorno, no para tra- zar la curva lenta de una evolución sino para reconocer las difer- entes escenas en las que han representado distintos papeles; definir incluso el punto de su ausencia, el momento en que no han sucedido… (Foucault, 2004:11-12).

 

Dejando visible que la crítica de Foucault es a la historia concebida como lineal, como progresiva, como totalizante, se convierte en una crítica a la comprensión de la historia monumental y “suprahistórica”, que mostramos para inspirar el diseño y desarrollo de nuevos estudios en Ciencias Admi- nistrativas y Gerencia Pública, con el desafío de mirar de otro modo, en- contrar un tono nuevo o distinto con otro modo de hacer las mismas cosas.


 

 

Para Foucault construir una historia efectiva implica una desgarradu- ra que nos permita el desligamiento de los procesos de continuidad y la instalación definitiva en el campo de fuerzas de la historia donde se pre- sencia el quiebre, el choque y las tensiones que produce las erupciones del acontecimiento. Una historia de múltiples rostros, una historia sin protagonistas, una historia sin sujeto. El reto es salir de la “prisión” de la forma de pensar la historia desde la perspectiva de la evolución y la linea- lidad para situarse en el terreno de la discontinuidad y la ruptura como en un campo de batalla, como señala Foucault en La arqueología del saber:

 

La ruptura no es un tiempo muerto e indiferenciado que se inter- cale – siquiera fuese por un instante- entre dos fases manifiestas; no es el lapso sin duración que separe dos épocas y desplegase de una y otra parte de una fisura, dos tiempos heterogéneos; es siem- pre entre unas positividades definidas, una discontinuidad especi- ficada por cierto número de transformaciones distintas. (Foucault,

2007:293).

 

Para atrapar esta discontinuidad y poder problematizarla, Michel Foucault construye una red de conceptos: umbral, ruptura, corte, mutación, transforma- ción, a la vez que configura un universo lingüístico para el abordaje de la historia. El objetivo para Foucault es hacer de la historia una contramemo- ria y hacer desplegar otra forma de tiempo. Una historia sin universales antropológicos, una historia sin el peso de gravedad de la causalidad, pero con el rigor de una “desmultiplicación causal”, una historia de los bordes.

 

Arqueología y genealogía foucaultiana.

Genealogía y arqueología no son sinónimas. Arqueología y genealogía no se oponen, sino por el contrario, se complementan. La arqueología se con- centra en las formaciones discursivas y en los procesos de construcción de enunciados, la genealogía se centra en el análisis del movimiento y las for- mas de configuración de las relaciones de fuerzas y sus estrategias de poder.

 

Fernando Bereñak (2011) señala que la noción de arqueología fue tomada por Foucault de Kant, mientras que la noción de genealogía fue reelaborada a partir de Nietzsche. Michael Foucault denomina arqueología a su méto- do en función de la idea de estratos superpuestos de civilización y plantea que la estabilidad en sistemas de pensamiento y discurso puede existir du- rante períodos relativamente extensos y luego, de manera repentina puede


 

 

acaecer el cambio. De allí que Nietzsche con La genealogía de la moral fue una profunda y permanente influencia. El rechazo a las nociones de hom- bre racional y verdad absoluta, y la fundamentación de la historia sobre la irracionalidad y la contingencia fueron motivo de especial interés para él.

 

Del modelo  basado  en estratos,  sugerido  por el término “arqueolo- gía”, Foucault pasó al cual llamaría “genealogía” concebido como una multiplicidad  de series provistas  de ramas de proliferación  ilimitada. Comenzó por demostrar que algunas de estas ramas conducen a callejo- nes sin salida, y que era inadecuado buscar una lógica en esa progresión.

 

En el texto Nietzsche, la genealogía, la historia, Foucault (2004) conceptuali- zará la noción de origen en un sentido más histórico. Los términos alema- nes Ursprungy Erfindung Foucault los contrapone y al primero lo concibe como “origen” y al segundo como “invención”, y los acoge para desarro- llar su metodología histórica. Esta concepción de origen como invención, como artificio, es la que permite a Foucault ubicar la genealogía en una po- sición donde queda atrapada en su propia perspectiva y desde allí pueda realizar una operación sobre misma, bajo este enfoque, la “emergencia” y la “procedencia” serán el objeto de búsqueda de la genealogía foucaul- tiana. La visibilidad de “comienzo” y “procedencia” se construye a través de las distancias que conforman las diferencias. En este sentido, la genea- logía buscará la dispersión del accidente mostrando la heterogeneidad y las diferencias que conforman la historia. La idea es rastrear y compro- bar que en la historia, detrás de las cosas, hay “otra cosa bien distinta”.

 

Al decir de Márquez (2014: 236-237), Foucault juega con dos operaciones en su metodología: una arqueológica y otra genealógica. El entramado epis- temológico foucaultiano tiene un eje que es la relación saber-poder y con re- lación a él, Foucault construyó una metodología de interconexión profunda. Esta metodología es la arqueología-genealogía: mientras la primera es apli- ca para develar los intríngulis propios de las configuraciones del saber, la se- gunda lo será para descubrir los armazones del poder y sus prácticas sociales.

 

Por eso que seguir el complejo curso del origen, o mejor dicho el co- mienzo histórico entendido como invención dispersa de la cosa, es iden- tificar los accidentes, los errores, las falsas apariencias y los cálculos fa- llidos que dieron nacimiento a aquellas cosas que continúan existiendo


 

 

y tienen valor para nosotros: es descubrir que la verdad o el ser no co- rresponden a la raíz que sabemos y somos, sino a la exterioridad de los accidentes.  No hay absolutos,  no hay verdad absoluta,  porque todo está sometido a la mirada desintegradora de la historia (genealógica).

 

Es decir, lo interesante para la genealogía será interrogar a la historia en sus puntos de inflexión, en sus márgenes, en sus puntos marginales. En pa- labras de Manuel Cruz (2006:16-17) en el prólogo Escrutando el presente, ex- presa que es la necesidad de examinar la historia desde la perspectiva de la actualidad. Pero no desde esta o aquella particular actualidad, sino desde la actualidad en cuanto tal, esto es, desde la perspectiva de lo que ha termina- do siendo real. Pero no para ensalzarlo, ni para cargar de razón, con efectos retroactivos, el proceso que nos trajo hasta aquí (reeditando, por enésima vez, el engaño de contar la historia desde el punto de vista de los vencedo- res) sino, justo a la inversa, para mostrar su fragilidad, para destacar preci- samente que lo que algunos se empeñan en considerar universal y necesario

–por el solo hecho de haber terminado ocurriendo- es en realidad histórico y contingente. He aquí el gesto más consecuentemente histórico posible. En contra de lo que a menudo los propios historiadores acostumbran a hacer.

 

Prosigue Manuel Cruz exponiendo  que a  los intentos de sancio- nar lo real presentándolo  como la desembocadura  inevitable  del pa- sado, hay que oponer una historia crítica y eficaz. Crítica para de- moler esas construcciones  narrativas,  obsoletas  y complacientes,  que obturan  realmente  la posibilidad  de entender  la fragilidad  de lo que pasa, y eficaz porque no se olvide que, a fin de cuentas, lo que está en juego es la posibilidad (o no) de contribuir a que el mundo sea diferente.

 

En este sentido, considera Foucault que la genealogía exige del saber minucia, gran número de materiales acumulados y paciencia; las cons- trucciones se realizan de pequeñas verdades sin apariencia, establecidas según un método riguroso… la genealogía no se opone a la historia, pero si se opone a la búsqueda del “origen”, porque buscar tal origen es tratar de encontrar “lo que ya existía”, el “eso mismo” de una imagen exacta- mente adecuada a misma… comprometerse a quitar todas las máscaras, para desvelar al fin una identidad primera. Es decir, como dice Foucault (2004:11) “la genealogía es gris, meticulosa y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrosos, varias veces reescritos”.


 

 

La genealogía no pretende remontar el tiempo para restablecer una gran continuidad más allá de la dispersión del olvido; su tarea no es mostrar que el pasado aún está ahí, bien vivo en el presente, animándo- lo todavía en secreto. Pero si, pretende conservar lo que ha sucedido en su propia dispersión: localizar los accidentes, las mínimas desviaciones

–o al contrario, los giros completos-, los errores, las faltas de apreciación, los malos cálculos que han dado nacimiento a lo que existe y es válido para nosotros; es descubrir que en la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no hay ni el ser ni la verdad, sino la exterioridad del accidente.

 

Igualmente, el genealogista se toma la molestia de escuchar la historia y descubrir que detrás de las cosas hay “otra cosa bien distinta” como lo señalamos anteriormente, que fue construida pieza a pieza a partir de figuras extrañas a ella; y “ya no cree que la verdad siga siendo verdad cuando se le arranca el velo”. En efecto, el genealogista parte a la s- queda del comienzo, -de los innumerables comienzos que dejan esa sos- pecha…, esa marca casi borrada que no podrían engañar a un ojo un poco histórico-. Pero Foucault nos dice que no nos engañemos, toda vez que

 

Esa herencia no es una adquisición, un haber que se acumule y se solidifique; más bien es un conjunto de fallas, de fisuras, de capas heterogéneas que la vuelven inestable y que, desde el interior o desde abajo, amenazan al frágil heredero: “la injusticia y la ines- tabilidad en el espíritu de ciertos hombres, su desorden y su falta de medida son las últimas consecuencias de innumerables inexac- titudes lógicas, de falta de profundidad, de conclusiones preco- ces, de las que son culpables sus antepasados”. La búsqueda de la procedencia no fundamenta, al contrario: agita lo que se percibía inmóvil, fragmenta lo que se pensaba unido; muestra la heteroge- neidad de lo que imaginábamos conforme a mismo… la proce- dencia atañe al cuerpo… es el cuerpo el que lleva en su vida y su muerte, en su fuerza y en su debilidad, la sanción de toda verdad y de todo error… (Foucault, 2004: 28-31).

 

Es decir, para Foucault el cuerpo es superficie de inscripción de los acon- tecimientos (mientras que el lenguaje los marca y las ideas los disuelven), lugar de disociación del Yo (al que trata de prestar la quimera de una unidad substancial); voluntad en perpetuo desmoronamiento. La genealogía, como análisis de la procedencia, del surgimiento, de la invención para no decir origen, está, pues, en la articulación del cuerpo y la historia. Debe mostrar el


 

 

cuerpo totalmente impregnado de historia, y la historia arruinando al cuerpo.

 

Acompañados de Romero-Pérez (2014) queremos hacer notar que no estamos en contra del conocimiento metódico como tal (tradicionalmen- te llamado científico) y le reconocemos toda la legitimidad de su sistema (positivismo empírico y el método de las ciencias naturales), pero si es- timamos que su imposición en las Ciencias Administrativas y en la Ge- rencia (como ciencia, arte y técnica), tiende a dejarnos ciegos ante otros modos de mostrar, de saber, de crear una nueva forma de ser (Heideg- ger), de nuevas formas de vida (Wittgenstein), que proporcionan una nueva capacidad para conocer/comprender los acontecimientos que su- ceden en las organizaciones públicas, las cuales no sólo son cuestión de espacio físico, nómina, tecnologías, estructura, tiempo, tareas y roles que pueden ser combinados en determinadas formas, sino que van más allá, porque se trata del bien común y se interesa por el hombre en sociedad, los modos de organización, de gestión, de control, de puesta en práctica y de regulación que producen la realidad social, y que para analizarlos Foucault estableció el concepto de Gubernamentalidad (arte de gobernar).

 

En la búsqueda de otro modelo de saber distinto al de la ciencia me- tódica a través del método científico, Michel Foucault quiere hacer apa- recer las discontinuidades,  las formaciones  discursivas,  las formacio- nes de los conceptos, lo original y lo regular, las contradicciones y las transformaciones,  por lo que: 1) Se cuestiona  el surgimiento  común- mente entendido, mostrando historias alternativas de su desarrollo. 2) No solo preguntando por el origen de las ideas, valores o identidades sociales, sino mostrando  cómo estas surgen como producto  de rela- ciones de fuerza, y 3) No es la construcción de un desarrollo lineal sino que pretende mostrar el pasado plural y a veces contradictorio que re- vela las huellas de la influencia que ha tenido el poder sobre la verdad.

 

El camino metodológico del modo de pensar y hacer genealógico.

 

Narrar la ruta singular que se recorre acompañados de Foucault en un intento de “pensar de otro modo” o pensar “diferente” la investigación en administración o gerencia pública que pudiéramos llamar “un modo de pensar genealógico” que se funda en la idea de una exploración del conjunto de discursos que constituyen “el archivo” de origen en cuanto


 

 

fondo (Ground), en una incesante vuelta a las fuentes, pero no para ha- cer con ella una historia, ni tampoco para complacerse en revivir el pa- sado, sino para hacer el pasado “presente”  y “trans-parente”,  no es una mera reconstrucción  sino una refundación  de lo fundamentado.

 

En esta forma de investigación  foucaultina  la genealogía  es inse- parable de la arqueología, porque para hacer el análisis de una cues- tión  presente necesitamos de  una  arqueología y  del  arqueólogo.

 

El arqueólogo no es otra cosa que el archivista, el cartógrafo que constituye nuestra memoria mostrando a viejos testimonios como síntomas del presente. (Goncalvez, S/F:1-2).

 

En esta manera de abordar, se puede elaborar una cuadrícula, una re- tícula, una rejilla de especificaciones como modo de representación grá- fica, imagen en analogía a los modos arqueológicos para reconstruir la mirada del genealogista, quien se enfrenta a la tarea de configurar y en- tender las fracturas en la historia, como acontecimiento, a partir de una compleja malla de discursos en movimiento al decirlo con Martínez-Novillo.

 

El método o la forma concreta de acercarse a la singularidad de los acon- tecimientos que tiene por objeto, Foucault encuentra en Nietzsche las pistas necesarias para desarrollar los principios metodológicos de la genealogía:

 

    El color “gris” de la genealogía.  El gris, lo fundado en doc- umentos, lo  realmente comprobable, lo  efectivamente exist- ido. Frente al  azul del  cielo, del  metafísico que mira siem- pre arriba, a  las alturas, a  lo  bello, la  genealogía  se  dirige abajo, al gris de los documentos,  los sótanos y los archivos.

 

    El  método genealógico exige  un  trabajo paciente de  docu- mentación, de  búsqueda, acumulación  y  examen de  materia- les escritos o dichos, los cuales busca el genealogista allí donde menos se los espera,  en “bajos fondos”,  en márgenes,  en lo di- cho cotidianamente.  Lo busca en ámbitos heterogéneos  y  dis- persos, es decir, en los múltiples y diferentes escenarios posibles de aparición del acontecimiento  al  decir de Martínez-Novillo.

 

    Foucault desplaza el  centro  de  atención de  la  genealogía


 

 

de  la  evolución del  sentido de  las  palabras a  los  discur- sos  (y  su  serie), entendidos como síntoma –y  parte consti- tutiva  y  constituyente- de  la  irrupción del  acontecimiento.

 

En el método de análisis de la historia propuesto por Foucault, se abor- dan los documentos como restos arqueológicos, deteniéndose en el estu- dio de las reglas de formación de los discursos y de sus discontinuidades.

 

    Se  construye un  archivo audio-visual de  una  época deter- minada. Nos basamos en un tipo de investigación  con fuen- tes  documentales con  una  materialidad documental diver- sa:       libros,   publicaciones, crónicas,  registros,  instituciones, edificios, ordenanzas, leyes, informes de gestión, revistas especia- lizadas, pero además técnicas,  costumbres,  necesidades,  objetos.

 

    Para narrar una  historia de  los  márgenes: prácticas mudas, conductas de  los  costados, discursos heterogéneos.  Con Vey- ne  (1984 y  2009) lo  que  llamamos fuente o  documento es también y  ante todo un  acontecimiento,   grande o  pequeño.

 

    Lo anterior entrecruzado con entrevistas a personas que al relatar lo acontecido, sus discursos se convierten y se constituyen también en “el archivo”. (Técnica de la revelación en la confesión). Discurso-docu- mento. Esto nos obliga a redefinir lo que entiende Foucault por fuen- te: no debe haber fuente privilegiada, hay que leerlo todo, conocer to- das las instituciones y todas las prácticas (y las prácticas discursivas), teniendo en cuenta que hasta los elementos inconscientes hacen parte del discurso histórico. Recordando que los acontecimientos burocrá- ticos se perciben a través de vestigios, de documentos y testimonios.

 

    Se

rechaza

el

a     priori

universal

sustitu-

yéndolo

por

una

red     de

a      priori

históricos.

 

Convencidos de que un texto no es su propia interpretación, el método fundamental de Foucault consiste en comprender con la máxima preci- sión lo que el autor del texto quiso decir en su tiempo. Una buena com- prensión supone estar inscrito en cierta tradición o estar impregnado de una tradición extranjera nos lo recuerda Paul Veyne, quien añade que


 

 

El método de esta hermenéutica es el que sigue: en lugar de partir de los universales como esquema de inteligibilidad de las “prácticas concretas”, que son pensadas y comprendidas, aun cuando se practiquen en silencio, se partirá de estas prácticas y del discurso singular y extraño que suponen, “para pasar en cier- to modo a los universales por la trama de las conductas”; descu- brimos entonces la verdad verdadera del pasado y la “inexistencia de universales”. Para citar sus propias palabras, “parto de la de- cisión a la vez teórica y metodológica que consiste en decir: supongamos que los universales no existen”; por ejemplo, su- pongamos que la locura no existe, o más bien que sólo sea un falso concepto (aunque le corresponda una realidad). “Desde ese momento, ¿Qué historia cabe hacer de esos diferentes aconte- cimientos, de esas diferentes prácticas que, en apariencia, se atienen a ese supuesto que es la locura?” Y que consiguen que termine existiendo como locura verdadera a nuestros ojos (…) la locura y todas las cosas humanas no tienen más elección que ser singularidades (…) pues los discursos de los fenómenos son sin- gularidades en los dos sentidos de la palabra: son extraños y no entran en una generalidad, siendo cada uno de ellos único en su especie. Por lo tanto, para aislarlos, partamos de los detalles y procedamos a aplicar una regresión a partir de las prácticas con- cretas de poder, de sus procedimientos, de sus instrumentos. (Veyne, 2009:24-25).

 

Si en algo son incómodos Nietzsche y Foucault es por su actitud ha- cia cuestiones  como la verdad, toda vez que su forma particular  de problematizarla,  relativizándola,  despojándola  de su carácter univer- sal, esencial e indiscutible es determinante para el planteamiento teóri- co-metodológico de la genealogía, por lo que Martínez-Novillo agrega

 

En Nietzsche y Foucault, la verdad es despojada de su supuesta esencia objetiva e inmutable, de su status superior y transcenden- tal, de su carácter sagrado, de su bondad y moralidad supremas, del “orgullo” cegador que inspira a los hombres y les llena de “vanidad” (Nietzsche) y es rebajada al nivel de la humanidad real, mediocre, falsa, embustera, cruel, a los “bajos fondos” (Fou- cault) de esa humanidad de la que reniega y que oculta, al nivel de lo contingente, “irrisorio”, “disparatado”, “irónico” (Fou- cault). La verdad se reinserta en el devenir, es un “invento”, un producto histórico, fruto de avatares, luchas, azares, errores, em- bustes. Es su historia -olvidada- lo que la constituye como ver-


 

 

dad. (Martínez-Novillo, 2010:3).

 

A lo que prosigue Martínez-Novillo que no se trata únicamente de “ver- dades oficiales” o ideológicas frente a “verdades profundas” que habría que descubrir tras las primeras. Tampoco se trata únicamente de arran- car el velo de las apariencias que oculta las esencias. Nietzsche y Foucault van más allá de esas sospechas. Ese “impulso hacia la verdad” (Nietzs- che), esa “voluntad de verdad” que caracteriza a la “voluntad de saber” (Foucault). Ese querer-saber y ese querer-saber-la-verdad ocultan en su arbitrariedad la injusticia, la maldad, lo diferente, lo irracional, lo azaroso, lo intuitivo en el hombre. No hay verdad sino en la historia y por la his- toria. Es esto lo que permite a ambos autores tomar la necesaria distancia crítica para fundar el proyecto genealógico, y lo que les impulsa a iniciar una historia de la moral (Nietzsche) y una historia de la verdad (Foucault).

 

El discurso sería entonces la parte invisible, el pensamiento impensado donde se singulariza cada acontecimiento burocrático de la historia, al de- cirlo con Foucault nos permitirá entender esa apercepción del discurso:

 

El enunciado puede no estar oculto, y pese a ello no es visible; no se ofrece a la percepción como el portador manifiesto de sus límites y de sus caracteres. Se requiere cierta conversión de la mirada y de la actitud para poder reconocerlo y considerarlo a sí mismo. Tal vez sea eso demasiado conocido que se escabulle sin cesar, tal vez sea [una] transparencia demasiado familiar. (Fou- cault, 2007:145).

 

Estamos de acuerdo con Veyne (2009), que se requiere una mirada más penetrante para percibirlo, y por eso el progreso metodológico que supone la escritura histórica de Foucault y la hermenéutica de los discursos lleva entonces hasta su término una de las vías que tomó la investigación históri- ca hace ya dos siglos largos: no borrar el color local o más bien temporal.

 

De allí que Veyne indica que Foucault continúa lo que fue desde el ro- manticismo el gran trabajo de los historiadores: poner de manifiesto en qué consistió la originalidad de una formación histórica, sin buscar lo natural o lo razonable,  prescindiendo  de nuestra  inclinación,  demasi- ado humana, a la banalización al preciso de caer en el anacronismo. De modo que los libros de Foucault constituyen una crítica que no se di-


 

 

rige contra el método de los historiadores, sino sobre todo contra la fi- losofía misma, cuyos grandes problemas  se disuelven,  según decía, en cuestiones de historia, pues “todos los conceptos son evoluciones”.

 

Al respecto Morín y Kern citado por Romero-Pérez (2014) nos recu- erdan que a pesar de las resistencias académicas, es desde el presente donde hay que preparar la reforma del pensamiento que permitirá re- sponder a los desafíos  de la complejidad  que nos impone lo real, en otras palabras, es una inversión en la tarea de repensar, la cual exige una verdadera  refundación,  que precisa de una reforma  del pensamiento.

 

De lo anterior, en el diseño que equivale al momento más artesanal de la ejecución de la metódica de la investigación genealógica, es cuando, quizás, surgen más preguntas en virtud que se asume la interpretación como ejer- cicio, el proceso es iterativo (un ir y venir entre lo teórico, los documentos y el análisis crítico), no lineal ni secuencial, con lo cual no se quiere decir que pierde su sistematicidad y rigurosidad académica, intelectual o científica.

 

Estrategias heterogéneas para la investigación genealógica.

Nos  apoyamos en  los  planteamientos   desde el  capítulo Nietzs- che, la  genealogía,  la  historia que integra su libro Microfísica  del Po- der, que realiza nuestro referente  teórico epistémico,  Michel Foucault (1979), por lo que nos permitimos  señalar las siguientes  estrategias que orientan una investigación de este tipo pero sin llegar a convertir- se en “un paso a paso”, sino en un proceso recursivo/reflexivo/crítico:

 

1.   Una investigación realizada con rigurosidad, sistematicidad, cohe- rencia, meticulosidad y pacientemente documentalista. Se trabaja sobre sendas o caminos algunas veces reescritas, en formas de dis- positivos que en palabras de Michel Foucault citado por García Fan- lo (2011) es el conjunto decididamente heterogéneo que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científi- cos, proposiciones, en resumen, los elementos del dispositivo perte- necen a lo dicho como a lo no dicho. Por ende, el dispositivo es una red que puede establecerse entre estos elementos y también se pre- sentan como un conjunto capaz de ser transformado y reordenado.


 

 

2.   No se elabora con la única intención de lo útil, de su utilidad muy propia del método científico que no pretendemos maleficar ni des- conocer los importantes logros, avances y aportes a todas las áreas del conocimiento, sino desde la perspectiva transdisciplinaria  (en- tendida como “en a través, y más allá de las disciplinas”), toda vez que otras disciplinas también se ocupan de ésta, o concurren en un tema común, o porque un concepto demanda la colaboración de más campos del saber para construir objetos de estudios o proble- matizar asuntos de las Ciencias Administrativas y en especial de la Gerencia Pública, en virtud de los diversos ámbitos de que se ocupa.

 

3.   Es con el deseo de conocer las luchas, para percibir la singulari- dad del suceso en la cultura organizacional  pública. Encontrar esa particularidad allí donde menos se espera y en aquello que pasa desapercibida  por no tener nada o poca historia  (como la que nos ocupa, que están allí en las administraciones  públicas pero no nos preguntamos cómo se erigió, sino que por uso y cos- tumbre lo hacemos). Es captar su retorno, pero no su evolución, sino para reencontrar las diferentes escenas en las que se han ju- gado diferentes papeles; definir incluso el momento de su ausen- cia, el momento en que no han tenido lugar (si es que los hay).

 

Lo anterior, teniendo presente que la genealogía no se opone a la historia como la visión de águila y profunda del filósofo en relación de la mirada profunda del sabio; se opone por el contrario al despliegue meta-histórico de las significaciones ideales y de los indefinidos teleológicos. Se opone a la búsqueda del origen, porque no es intentar encontrar “lo que estaba ya dado” lo “aquello mismo”, sino tener por adventicias algunas de las pericias (destrezas) que han podido tener lugar. Es un intento de levantar las máscaras, para desvelar una identidad, y que detrás de esa cosa existe otro algo distinto y que su esencia fue construida pieza por pieza a partir de figuras que le eran extrañas, pero que nació de un modo perfectamente razonable, del azar o de “armas” lentamente forjadas a lo largo de luchas personales para en nuestro caso, pensar en el bien común, en las necesida- des propias de las organizaciones de oficina en la Gerencia Pública para ofrecer respuesta oportuna en los asuntos que le son de su competencia.

 

Ante la pregunta: ¿Por qué no buscamos el origen como algo precioso y esen-


 

 

cial?, nos permitimos señalar el siguiente conjunto heterogéneo de elementos:

 

    Michel Foucault  nos recuerda  que creemos  que en sus comien- zos las cosas estaban en su perfección y que salieron rutilantes de las manos del creador, o de la luz sin sombra del primer amane- cer. Y esta historia nos muestra las luchas, lo difícil, lo irónico, las relaciones de saber/poder. Saber que se acumula y se solidifica.

 

    En la genealogía a las organizaciones pública nos proponemos no partir a la búsqueda del “origen”, ni minusvalorar los episodios de la historia de esta, sino por el contrario nos ocupamos en las meticulo- sidades y en los azares de los comienzos por ejemplo, prestamos una escrupulosa atención a la intención de los demás, para verlas surgir quitadas las máscaras, con el rostro del otro (que también es la cons- titución histórica de uno mismo como funcionario público) que se ha venido construyendo de mil modos diferentes. Búsqueda sin pu- dor para ir a buscarlas allí donde están “revolviendo los archivos”.

 

    Como genealogista se necesita de la historia para requerir la qui- mera de la fuente, la procedencia (pertenencia a un grupo, el de la tradición) o la emergencia como punto de surgimiento, es el prin- cipio y la ley singular de una aparición, la emergencia se produce siempre en un determinado estado de fuerzas, la emergencia de- signa un lugar de enfrentamiento. En un poco como el buen filó- sofo político tiene necesidad del médico para conjurar la sombra del alma del político y del gerente público. De allí que es preciso saber reconocer los sucesos de la historia, sus sacudidas, sus sor- presas, las victorias afortunadas, las derrotas mal digeridas, que dan cuenta de los comienzos, de los afinidades y de las herencias en cuanto a nuestro interés investigativo. En palabras de Foucault la historia, con sus intensidades, sus debilidades, sus furores se- cretos, sus grandes agitaciones  inquietas y  sus desfallecimien- tos, es el cuerpo mismo del devenir de lo que deseamos mostrar.

 

    No es buscar la procedencia  en una continuidad  sin interrup- ción, lo cual sería un error. Como si los dispositivos  burocrá- ticos  hubiesen aparecido desde el  principio de  los  tiempos para el fin que tienen hoy día en las administraciones públicas.


 

 

    No se trata de encontrar en una idea, los caracteres que permitan asimilarlos  a todos, sino de percibir  las marcas sutiles singula- res que pueden entrecruzarse y formar una raíz difícil de desen- redar. Aunque se utilicen categorías de semejanza, la procedencia nos permite desembrollar para poner aparte las marcas diferentes.

 

    Allí donde posturas epistémicas  pretenden  unificar o generali- zarlo todo, la genealogía parte a la búsqueda del comienzo o de los comienzos innombrables que dejan una sospecha (no en vano Michel Foucault es uno de los pensadores de la sospecha), sos- pecha de una marca casi borrada que no sabría engañar a un ojo poco histórico,  de allí que el análisis de la procedencia  permi- te descomponer  “mil” sucesos perdidos  hasta ahora. La proce- dencia permite también encontrar  bajo el aspecto único de un carácter,  o de un concepto,  la proliferación  de sucesos  a través de los cuales (gracias a los que, contra los que) se han formado.

 

    En todo caso, esta genealogía no pretende remontar el tiempo para restablecer una gran continuidad por encima de la dispersión del olvido. Su objetivo no es mostrar que el pasado está todavía ahí bien vivo en el presente, animándolo aún en secreto después de haber impuesto en todas las etapas del recorrido una forma dibu- jada desde el comienzo. Nada que se asemeje a la evolución. Fue seguir la filial compleja de la procedencia, es al contrario mante- ner lo que pasó en la dispersión que le es propia: es percibir, los accidentes,  las desviaciones  ínfimas  –o al contrario  los retornos completos-, los errores, los fallos de apreciación, los malos cálculos que han producido aquello que existe y es válido para nosotros en las burocracias necesarias al decirlo con Romero o administracio- nes públicas de la República Bolivariana de Venezuela, que supone descubrir que en la raíz que conocemos y de lo que somos no están en absoluto la verdad ni el ser, sino la exterioridad del accidente.

 

    Como no se trata de un saber que se acumula y se solidifica, aunque también se sistematiza el conocimiento, se trata más bien de un con- junto de pliegues, de fisuras, de capas heterogéneas que lo hacen ines- table y, desde el interior o por debajo, amenazan al frágil heredero (al asumirlo como una procedencia, que no funda, sino que al contrario:


 

 

remueve aquello que se percibía inmóvil, fragmenta lo que se pensaba unido; muestra la heterogeneidad de aquello que se imaginaba con- forme a mismo). Y eso es justamente lo que pretendemos mostrar en este puesta en escena, entre cuyos aportes está en no seguir colec- cionando hechos y registrarlos cuidadosamente, ni el caso de quie- nes demuestran y refutan, ni es “puro” aferramiento a la objetividad. Sino precisamente, profundizar en teóricos epistémicos como Michel Foucault y su Maestro Nietzsche, además de asumir una perspectiva transdisciplinaria para mostrar otros modos que investigadores en la Ciencia Administrativa y Gerencia Pública, pueden tomar desde otra forma de conocer la realidad y sus implicaciones (políticas, so- ciales, económicas y culturales) distanciada de lógicas matemáticas o de las ciencias naturales de explicación de principios causas y efec- tos, variables o verificación de hipótesis. Que no dejamos de recono- cer su valor, sus aportes y brindamos el justo mérito que se merecen, pero nos atrevemos a producir conocimiento desde otra perspectiva que contempla la búsqueda en archivo, el análisis crítico de los do- cumentos, la observación atenta, la conversación con escucha intere- sada. Es una mirada que sabe dónde mira e igualmente lo que mira.

 

    Cada momento de la historia se convierte en un ritual; impone obli- gaciones y derechos; constituye cuidados procedimientos. Estable- ce marcas, graba recuerdos en las cosas e incluso en los cuerpos de los funcionarios públicos; se hace contabilizadora de deudas.

 

    Análisis  que nos permite mostrar el estado de fuerzas, la ma- nera como luchan unas contra otras, o el combate  que realizan contra las circunstancias  adversas,  o aún más, la tentativa  que hacen –dividiéndose  entre ellas mismas-  para escapar  de la de- generación  y revigorizarse  a partir de su propio debilitamiento.

 

Dispositivo y acontecimiento: términos claves en la estrategia discursi- va de Foucault para crear genealogía.

Son varios los conceptos que permiten la arquitectura de toda una red de exploración histórica con Foucault, tales como: archivo, episteme, enunciado, discurso, acontecimiento, dispositivo; y para efecto de la presente mostración nos detendremos en dos: dispositivo y acontecimiento, toda vez que la genea- logía se da por objeto la “singularidad de los acontecimientos”, el modo de


 

 

específico en que su irrupción o emergencia en un determinado campo de fuerzas y posibilidades, modifican y reconfiguran dicho estado de cosas.

 

Al  decir de  Agamben (2011), dispositivo  es  un término decisivo en la estrategia  del pensamiento  de Foucault,  quien lo utiliza a par- tir de los años setenta, cuando comienza  a ocuparse  de la “guber- namentalidad”  o  “gobierno  de hombres”.  Si  bien es cierto que no ofrece una definición en sentido propio, Foucault se acerca en una en- trevista de 1977, al señalar lo siguiente sobre los elementos del dispositivo:

 

Aquello sobre lo que trato de reparar con este nombre es […] un conjunto resueltamente heterogéneo que compone los discur- sos, las instituciones, las habilitaciones arquitectónicas, las decisiones reglamentarias, las leyes, las medidas administra- tivas, los enunciados científicos, las proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas. En fin, entre lo dicho y lo no dicho, he aquí los elementos del dispositivo. El dispositivo mismo es la red que tendemos entre estos elementos. […] Por dispositivo entiendo una suerte, diríamos, de formación que, en un momen- to dado, ha tenido por función mayoritaria responder a una urgencia. De este modo, el dispositivo tiene una función estraté- gica dominante […]. He dicho que el dispositivo tendría una naturaleza esencialmente estratégica; esto supone que allí se efectúa una cierta manipulación de relaciones de fuerza, ya sea para desarrollarlas en tal o cual dirección, ya sea para bloquearlas, o para estabilizarlas, utilizarlas. Así, el dispositi- vo siempre está inscrito en un juego de poder, pero también liga- do a un límite o a los límites del saber, que le dan nacimiento pero, ante todo, lo condicionan. Esto es el dispositivo: estrategias de relaciones de fuerza sosteniendo tipos de saber, y [son] soste- nidas por ellos. (negrillas nuestras). (Agamben, 2011: 249-264).

 

Giorgio Agamben  (2011:250)  lo resume brevemente  en tres puntos:

 

1.   [El dispositivo] se trata de un conjunto heterogéneo que incluye vir- tualmente cada cosa, sea discursiva o no: discursos, instituciones, edi- ficios, leyes, medidas policíacas, proposiciones filosóficas. El disposi- tivo, tomado en mismo, es la red que se tiende entre estos elementos.

 

2.   El   dispositivo siempre  tiene  una  función  estratégica con- creta, que  siempre está  inscrita en  una  relación de  poder.


 

 

3.   Como

tal,

el       dispositivo     resulta

 

del

cruza-

miento

de

relaciones     de      poder

y

de

saber.

 

Por otra parte, tenemos el concepto de acontecimiento en Michel Fou- cault, el cual señala que para entender la historia, no en el sentido plano, li- neal, totalizante, progresiva y de períodos largos como lo planteaba la his- toria tradicional con Descartes, sino en un sentido ruptural, es decir, en el sentido donde lo que importa son los pliegues, las fisuras, los cortes, los quie- bres, la ruptura y para ello replanteó el concepto que permita entender las fracturas en la historia y ese concepto es precisamente el de acontecimiento.

 

El acontecimiento como una instancia singular y práctica para el análisis de la(s) historia(s), en palabras de Díaz (2010:1) éste se inscribe en una mi- rada de concurrencia sobre las conexiones, estrategias, apoyos, bloqueos y juegos de fuerzas que han dado una emergencia singular en la historia y que se ha constituido legítimamente en una evidencia universal y necesaria. Existe detrás de cada acontecimiento una red policausal o al decir de Fou- cault una suerte de desmultiplicación causal del acontecimiento, aflora en un terreno intenso de fuerzas y contra-fuerzas donde lo múltiple se entrelaza, se acerca, se distancia, se mezcla, se superpone, cede y se despliega sobre sí. Al decir de Nietzsche en Así hablo Zaratrusta, los acontecimientos más grandes no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas.

 

Lo importante para Foucault es detener la mirada en la rareza del even- to, en la singularidad del evento, en la originalidad del acaecer, porque deja de ser un hecho absolutamente pasado como en la concepción de la historia tradicional. Esta nueva mirada del acontecimiento en Foucault tie- ne encuentros con las críticas antipositivistas de la francesa Escuela de los Annales, quienes fueron los pioneros en construir una mirada innovadora del acontecimiento no como un ente sino como construcción del historia- dor, lejos de la visión positivista del acontecimiento como hecho absoluto.

 

Foucault  propone  entonces  una nueva mirada,  una mirada arqueo- lógica que se sumerja en las profundidades  del acontecimiento  para penetrar las capas subterráneas que subyacen bajo la superficie de los mismos, para desentramar las relaciones de saber, de poder y de ver- dad que los soportan. Con Foucault asistimos a un giro epistemológico revolucionario  en la historiografía  occidental,  un giro marcado  por la


 

 

problematización de los pequeños trozos de la historia, donde el des- equilibrio  y la inestabilidad  son los elementos  comunes del aconte- cer cotidiano. No es una recuperación de lo no visto, es una nueva mi- rada a las objetivaciones/subjetivaciones:  lo decible y lo enunciable.

 

En palabras  de Márquez  (2014:224-225),  la noción de acontecimien- to se encuentra ligada a la noción de “irrupción” en el sentido de un quiebre de la continuidad  y en un todo opuesta  a ésta. El aconteci- miento se debe entender  como la emergencia  de lo singular  que se opone a la regularidad  discursiva  construida  por los operadores  de la continuidad.  Al respecto  Albano (2006) opina que el rasgo funda- mental del acontecimiento es la singularidad y su carácter irrepetible.

 

La emergencia del acontecimiento se origina en un cierto estado de fuerzas, donde no hay protagonistas ni responsables, que debe ser enten- dida como efecto de sustituciones, emplazamientos y desvíos sistemáti- cos. Es decir, el acontecimiento es lo que cambia el rumbo de una cosa. En tanto procedimiento  de indagación  histórica,  el acontecimiento  en su forma foucaultiana, toma una nominación específica: acontecimienta- lización. Este elaborado término se intenta referir, por un lado, no a una historia cronológica, lineal, progresiva y continua de hechos proceden- tes, sino a la toma de conciencia de las rupturas de evidencia inducidas por ciertos acontecimientos singulares. Al decir de Veyne (1984:15) el acontecimiento no es aprehendido en ningún caso directa y plenamen- te. Sólo se percibe de forma incompleta, lateral, a través de tekmeria, de vestigios,  de documentos  y testimonios.  Por lo que es necesario  pre- guntarse qué los individualiza, ya que suceden en un momento dado.

 

A modo de cierre.

Podríamos preguntarnos ¿cuál sería la diferencia entre la genealogía y lo que tradicionalmente  se llama historia? Que la historia de los historiadores se procura un punto de apoyo fuera del tiempo; pretende juzgarlo todo según una objetividad de apocalipsis; porque ha supuesto una verdad eterna y una conciencia idéntica a misma. Hay toda una tradición de la historia (teológica o racionalista) que tiende a disolver el suceso singular en una continuidad ideal al movimiento teleológico o encadenamiento natural. Por su parte la genealogía no se posa sobre ningún absoluto. No debe ser más que la agudeza de una mirada que


 

 

distingue, reparte, dispersa, deja jugar las separaciones y los márgenes

–una especie de mirada disociante capaz de disociarse a misma y de

borrar la unidad que se supone conducirla soberanamente hacia su pasado.

 

Al decir de Foucault el verdadero sentido histórico reconoce que vivimos sin referencias ni coordenadas originarias, en miríadas de sucesos perdidos; y existe también el poder de subvertir la relación de lo próximo y lo lejano tal como son entendidos en la historia tradicional, es decir, en su fidelidad a la obediencia, que mira las lejanías y las alturas: las épocas más nobles, las for- mas más elevadas, las ideas más abstractas, las individualidades más pura. Afirmaciones que nos inquietan y de la cuales nos apoyamos para buscar la procedencia de acontecimientos burocráticos, no solo para ubicarlos sino para comprenderlos en el actual contexto administrativo, público, político y social, para ir acompañados de una historia otra, una historia nueva al de- cir de Foucault, alejada de las historias monumentales, de las que son reli- quias y que no se tocan o de las que simplemente son críticas sin mostrarnos la otra, que miró más cerca pero para separarse bruscamente y retomado a distancia (mirada parecida a la del médico que se sumerge para diagnos- ticar y decir la diferencia), revolvió en las decadencias; afrontando las vie- jas épocas con la sospecha (no rencorosa sino divertida) de un murmullo bárbaro e inconfesable. La historia puede ser el conocimiento diferencial de las energías y los desfallecimientos, de las alturas y de los hundimien- tos, de los venenos y los contravenenos. Puede ser la ciencia de los reme- dios al decir de Nietzsche citado por Foucault en Microfísica del Poder.

 

Es importante  que se documenten  los pasos que realiza el/la in- vestigador/a  durante el desarrollo  de la investigación,  a fin de ev- idenciar la  transparencia  y  claridad en  los  procedimientos,  de  tal forma que se logre reconstruir  el proceso en el informe final, valga decir, un informe  académico  que da razón de la forma cómo se de- sarrolla,  el enfoque  de la investigación  en el que se fundamentó,  los hallazgos, la ubicación de las piezas arqueológicas y el análisis crítico.

 

Para finalizar este acápite, es oportuno señalar dos cosas, por una parte, hacer genealogía no será jamás partir a la búsqueda de su “origen”, de- spreciando como inaccesibles todos los episodios de la historia; será al con- trario, insistir en las meticulosidades y azares de los comienzos, prestar una atención escrupulosa a su irrisoria mezquindad; prepararse a verlos surgir,


 

 

al fin sin máscaras, con la cara de lo otro, no tener pudor en ir a buscarlos allí donde están –“registrando los bajos fondos”-; darles tiempo para ascender del laberinto en el que jamás verdad alguna los ha tenido bajo custodia.

 

El método de la genealogía huye de las recetas prescritas y de las normas rígidas. No tiene fórmulas de aplicación mecánica sin embrago, no por ello renuncia al riguroso y obcecado estudio de materiales disponibles. La geneal- ogía se distingue de la especulación “metafísica” y del empirismo positivista de la ciencia moderna, combinando una mirada orientada y particular (una perspectiva) que desecha los principios objetivistas y realistas del positiv- ismo- con una actitud positivista a la hora de buscar y rebuscar documentos, analizar discursos, por lo cual acompañados de Martínez-Novillo pudiéra- mos decir que, solo conserva del positivismo una actitud metodológica.

 

Por tanto, es importante estar atento/a para reconocer los acontecimien- tos de la historia, sus sacudidas, sus sorpresas, las vacilantes victorias, las derrotas mal digeridas, que explican los comienzos, los atavismos, las huellas y las herencias; como también hay que saber diagnosticar las en- fermedades del cuerpo, los estados de debilidad y de energía, sus resis- tencias y sus fisuras en el mundo organizacional público latinoamericano.

 

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