EncuEntros. rEvista dE ciEncias Humanas, tEoría social y PEnsamiEnto crítico. issn: 2343-6131 / dEP. lEgal: PP 201202Zu4143

año 6. 7. EnEro-Julio 2018 pp. 115-129

univErsidad nacional ExPErimEntal rafaEl maría Baralt

 

 

 

 

El pensamiento venezolano expresado en las obras de

Teresa de la Parra, María Calcaño y Lydda Franco

The Venezuelan thought expressed in the works of Teresa de la Parra, Maria Calcaño and Lydda Franco.

 

Victoria Martínez Carvajal

 

Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt

 

pelagia_24@hotmail.com

 

 

RESUMEN

Este trabajo pretende servir de hilo conductor entre la obra literaria de Teresa de la Parra, María Calcaño y Lydda Franco Farías como mujeres que, a través de sus tex- tos, deslindaron no solo su manera de pensar, de sentir, de ver al mundo, sino que éste precisamente es develado en sus inequidades en relación a la figura femenina-

Palabras Claves: Pensamiento, Literatura, Femenino

 

 

 

ABSTRACT

This work aims to serve as a thread between the literary work of Teresa de la Parra, María Calcaño and Lydda Franco Farías as women who, through their texts, defined not only their way of thinking, feeling, seeing the world, but also that this is precisely revealed in its inequities in relation to the female figure

Keywords: Thought, Literature, Feminine:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recibido: 01-11.2017 • Aceptado: 08-12-2017


 

 

INTRODUCCION

La relación  entre el pensamiento  y la literatura  latinoamericana  ha sido muchas veces enunciada,  pero nunca ha sido realmente  abor- dada por las y los historiadores de las ideas. En este trabajo no se pre- tende elaborar una teoría sobre una escritura capaz de  evidenciar la diferencia  de las mujeres  en momentos  de supuesta  pasividad,  ni desentrañar definitivamente   porqué el  pensamiento latinoamerica- no femenino  específicamente se expresa en algunos géneros literarios.

 

A partir de las reflexiones previas es imperante  afirmar que son sus obras filosofía en pleno, aunque los textos no sean aceptados como tal, es decir, sus obras suponen un grito mal llamado feminista en algunas solapado, en otro sublimado. Cada una en su escritura refleja la voz de la mujer silenciada, Ifigenia al aceptar su destino asume los convencio- nalismos de la época. -al igual que sus congéneres-. María Calcaño gri- ta su cuerpo, su sexo entre la reglas sociales de la época que la obligan a ser niña, dama señora, no mujer y finalmente Lydda Franco asume el grito de la mujer que lucha por emerger en una sociedad que la constri- ñe en costumbres que silencia su vida, su humanidad plena, y su dere- cho a ser mas allá que feministas. Tal como lo plantea Gallardo (2004):

 

“Estoy segura que todo pensamiento complejo se elabora siempre a partir de formas de pensar la realidad que son mas simples, co- tidianas: como percibimos el bien y el mal, la justicia y su falta, las necesidades y formas de satisfacerlas, las y los otros en rela- ción con nosotras”

 

A principios del siglo XIX y del siglo XX, como Teresa de La Parra y Ma- ría Calcaño, las escritoras latinoamericanas empezaron a manifestar masi- vamente que su escritura estaba determinada por su cuerpo y por el lugar que éste tenía en las historias colectivas de los grupos humanos. Segura- mente sus relatos contribuyeron a despejar las ideas sobre el patriarcado latinoamericano, con sus especificidades. A la vez, contaban, historiaban, recreaban una inmensa variedad de resistencias femeninas frente al orden patriarcal, y lo hacían desde el dolor que les provocaba la conciencia de que sus madres defenderían a sus hermanos contra cualquier poder que los amenazara mientras sus padres respetarían el orden que determina que las mujeres pasan de las manos de un hombre a las manos de otros hombres.


 

 

En otras palabras,  delataron  con su literatura  algo que el historia- dor White (2006), formuló para toda expresión escrita de las ideas que el pensamiento permanece cautivo del modo lingüístico en que inten- ta captar la silueta de los objetos que habitan el campo de su percep- ción. Es entonces como a través del lenguaje ficcional de la literatura, la mujer asume el rol que tira la mordaza, es el cuento, es el relato el que le permite enseñarse a misma en su plenitud libre y atada, dominan- te y dominada,  dueña y esclava.  Al respecto  señala Salomone  (1996):

 

“Hay que tener en cuenta las formas discursivas a través de las cuales se expresó el pensamiento femenino, las que no necesaria- mente se han ajustado al corpus textual desde el cual trabajó la historia de las ideas, también, hay otras que expresaron sus ideas a través de la ficción, de la poesía e incluso de escritos que mez- clan todos los géneros literarios.”

 

El doble papel de dominada en su vida cotidiana y libre a través de la obra literaria se entiende en la medida en la que los objetos de su campo de per- cepción han estado ligados a su consideración como ciudadano de segun- da, una percepción de misma no cuerpo, no sujeto, la cultura entendida como esquemas de estructuras de pensamiento que según Gerrtz (1997):

 

“Una norma de significados transmitidos históricamente, perso- nificados en símbolos, un sistema de concepciones heredadas ex- presadas en formas simbólicas por medio de las cuales los hom- bres se comunican, perpetúa y desarrollan su conocimiento de la

vida y sus actitudes con respecto a ésta”.

 

Y esas formas simbólicas  de construcción  de la identidad  femeni- na obligó a la mujer a vivir escindida entre su realidad y la realidad so- cial. Aunque indudablemente  han cambiado  esas percepciones  en la actualidad, ya las mujeres para estudiar no tienen que disfrazarse de hombre ni encerrarse en un convento, pero hay en esas formas aparen- temente superadas socialmente, existencia de elementos que mantienen vivo el pensamiento jerárquico donde la noción de persona es dicotómi- ca: la naturaleza es el campo de lo femenino, y las ideas, el espacio pú- blico, la cultura para el hombre, la mujer es emoción y el hombre ideas.

 

En    relación    a     estos    cambios   Vallescar   (2006)    plantea:


 

 

“Ha habido grandes esfuerzos para reconstruir la realidad desde la perspectiva feminista a partir de los 70 se consolida los estu- dios de género y que anteriormente a pesar dela existencia de las mujeres cuya acciones planteaban  el descontento frente a la si- tuación marginal de la mujer, simplemente se les había invisibili- zado, Gabriela Mistral, Teresa de la Parra entre otras……”.

 

La historia de la mujer en Latinoamérica ha sido el trazo de todo Oc- cidente, quizás haya sido mayor el peso porque aparte de mujeres se habla también de otra variante, la de pertenecer a un continente avasa- llado, sojuzgado, subordinado a los centros de poder. Entonces la mi- rada femenina se hace tan densa y condensada, se vuelve más endo- céntrica  y es por ello que el lenguaje  ficcional  representa  su escape.

 

La idea de las mujeres en la Venezuela del siglo XIX, al igual que en Europa, está atravesada por el patriarcado, y en el caso americano, este impedimento se suma a las dificultades mentales de una cultura colonial católica y militante, con fuertes rasgos machistas y feudales. La escuela venezolana es heredera de la tradición de la modernidad, al igual que la tradición cristiano-católica que en el caso de la educación de las mujeres, niñas, jóvenes o adultas, no se alejará del modelo excluyente que se jus- tifica por lo viejo y el mismo es justificado con el discurso nuevo de la naturaleza: madre, esposa, doméstica, hogareña, enclaustrada, no públi- ca, excluida; mujeres determinadas por su fisiología, por sus ritmos bio- lógicos, con tareas y roles definidos por esa naturaleza. En resumen, una mujer quien no podía ser explicada sino de manera desigual e inferior.

 

Todo lo anterior explica el por qué, hoy día, las luchas de las mujeres están ex- cluidas de las memorias históricas que poseen nuestros pueblos, pues son me- morias masculinas, llenas de personajes masculinos, de acciones masculinas.

 

Tres voces disidentes en el pensamiento venezolano

 

 

1.   La voz exquisita y crítica de Teresa de la Parra

Velia Bosch escritora venezolana  describe a  Teresa De  La  Parra como una mujer exquisita, elegante, cuidadosa  de su físico y  pro- fundamente  espiritual,  era lo que aún se llama “una señorita de su casa”, pero detrás de esa modosa apariencia  se escondía una fuer-


 

 

za que contradecía  la clase social a la cual pertenencia  (Bosch,  1991).

 

Como prueba de ello para el año 1930, Teresa de la Parra fue invitada a ofrecer una serie de conferencias en Bogotá. El contenido de esas conferen- cias fue publicado en 1961. Estos textos se refieren a la influencia de las mu- jeres en la cultura e historia española. En estas conferencias Teresa de la Pa- rra compartió sus ideas acerca del feminismo y dijo que las mujeres deben ser fuertes y sanas, deben trabajar y ser financieramente independientes, y deben considerar a los hombres como a sus amigos y compañeros, no como su propietario o enemigos. Ella se llamó a misma una feminista moderada, y argumentó que un cambio radical y abrupto no traería estabilidad entre los dos sexos. En 1927, fue invitada a Cuba para participar y hablar de Simón Bolívar en el Congreso de Prensa Latina; el tema de su discurso fue “La In- fluencia Oculta de las Mujeres en la Independencia y en la vida de Bolívar”.

 

Es por estas consideraciones que se ha elegido esta autora como una de las voces del pensamiento venezolano, no solo de las letras que ya es nuestra mayor representante:

 

“No debe caber la menor duda en afirmar que Teresa de la Parra es la figura femenina más importante de las letras venezolanas. Su obra, aunque mínima, más que mínima breve, está reconocida en Latinoamérica como el más claro reflejo de la sociedad vene- zolana entre los siglos XIX y XX.” (Paz 2005).

 

Su importancia  dentro del programa  está ligada a parte de los he- chos ya señalados en los párrafos anteriores, es Teresa una mujer es- cindida,  presa entre los cánones  de la sociedad  gomecista  y la fuer- za de una mujer que no acepta las convenciones  de su época. En el discurso de Teresa de la Parra se pueden encontrar las huellas que des- enmascaran  el silencio  angustioso  de la mujer venezolana  de las pri- meras décadas del siglo XX. Parra busca dentro de la intimidad feme- nina de su momento histórico su posición dentro de la sociedad y la sensibilidad de esta en un ambiente contrario a los valores del corazón.

 

Ana Teresa Parra Sanojo, hija de Rafael Parra Hernaíz, a la sazón Cónsul de Venezuela en Berlín, y de Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, nace en París en 1889.Sus primeros años transcurren en la hacienda de caña “Tazón”, que luego recrearía magistralmente en Memorias de Mamá Blanca. Allí muere su padre. En 1909 Teresa regresa a Caracas. Se consuma el primer contacto con


 

 

la Capital colonial. 1915 es el año cuando publica sus primeros cuentos en el diario El Universal y en algunas revistas de París bajo el seudónimo de Frufrú.

 

Los cuentos son un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa.  Por esas fechas son reconocidos  también sus primeros  cuentos fantásticos:  El ermitaño  del reloj, El genio del pe- sacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol. Eran tiempos  en que en nuestras  letras se iniciaba  una búsqueda  de nuevos derroteros  para la literatura.  Vuelve a viajar a París en 1923 donde traba amistad  con intelectuales  venezolanos  como Simón Bar- celó, Ventura García Calderón y  Gonzalo Zaldumbide,  entre otros.

 

Meses después morirá en Madrid en compañía de su madre, su hermana María y de su amiga Lidia Cabrera. Once años tuvieron que pasar para que regresara a Venezuela y reposar en el panteón de la familia Parra Sanojo.

 

En Ifigenia, Teresa a través de su personaje refleja la inconformidad de una joven que no tiene voz propia ni posibilidad de elegir su destino en un mundo que, según su definición, es «un banquete de hombres solos». Y es llevada a un matrimonio que no desea, solo por la decisión familiar.

 

Desde sus narraciones, podemos definir la escritura de Teresa de la Pa- rra, elabora una radiografía de la decadencia de una sociedad que se sos- tenía sobre bases definidas en función de los intereses del hombre. Parra depoja a la la literatura venezolana de esa mujer heroína diseñada por los novelistas, e intenta recrear su mundo interior con la realidad de la mujer criolla; es decir, aquella mujer que se debatía entre lo frívolo y lo trascen- dente; una mujer capaz de describir con exquisitez en páginas un vestido de moda al mismo tiempo que fragua desde la ironía la destrucción del conformismo social planteada en las normas de buena conducta. De la plu- ma de Teresa de la Parra nacerá toda una propuesta de literatura femeni- na desconectada de las viejas posturas exóticas y sensibleras del pasado.

 

La obra de esta autora queda aún por ser descubierta,  es la pre- cursora de  la  mujer que  debe  asistir comprometidamente   al  si- glo XX que espera de ella, de la mujer, una participación  distinta  y protagónica.  Con el conocimiento  de su obra en un Programa,  se abre la  posibilidad  de  generar investigaciones  y  la  reflexiones  so-


 

 

bre la obra que ni siquiera aparece en los programas de bachillerato.

 

2. La letra en rebeldía: María Calcaño

A los 14 años fue entregada en matrimonio por sus padres. De ese pri- mer matrimonio,  con Juan Roncajolo,  tuvo seis hijos. Posteriormente se casó con el escritor Héctor Araujo Ortega y crió a un sobrino de éste.

 

La vida de provincia y las costumbres de su época, no impidieron que cultivara la escritura poética. La temática de su obra poética está marcada por el erotismo. El eros se manifiesta en sus poemas de manera sencilla y directa, marcado por el deseo. Sus poemas eran subversivos al enfrentar- se a la moral de la época. Se le considera la primera poetisa venezolana que asumió la modernidad a través de la libertad y el goce de la expre- sión. No perteneció a ningún grupo literario, pero coincidió con los inte- grantes del grupo Seremos, entre los que conoció a su segundo esposo.

 

Su primer poemario  titulado Alas fatales, fue mal visto por la so- ciedad de la época, también tildado de inmoral.  Veintiún  años des- pués publicaría  su segundo libro con el nombre Canciones que oye- ron  mis  últimas muñecas (1956,  mismo año  de  su  fallecimiento).

 

Algunas antologías que recopilan toda su obra son: María Calcaño: An- tología Poética (EdiLUZ, Maracaibo, 1984), María Calcaño: Obras completas, publicado por la Sociedad Dramática de Maracaibo en 1996, María Cal- caño: Obras completas por Arcevo Histórico del Estado Zulia en 1997 y Obra poética completa: María Calcaño, por Monte Ávila Editores en el 2008.

 

Libros editados: Alas fatales (1935), Canciones que oyeron mis últimas muñecas (1956), y Entre la luna y los hombres (1960), el cual se publica de manera póstu- ma. Dos de sus obras inéditas, La hermética maravillada y Poesía se encuentran recopiladas por Monte Ávila Editores en la antología titulada Obra poética completa. Esta última pertenece a la colección Altazor y fue publicada en 2008.

 

Al encontrarse con una poeta como María Calcaño (1906-1956), cuyos versos retumban en los ojos, la experiencia de leer se torna de fuego, tras el cual, Andrés Eloy Blanco, luego de leer su poemario Alas Fatales señala:

 

“Su libro quema, María Calcaño. Tengo los dedos y los ojos abra-


 

 

zados de leerlo y de tenerlo. Se abre el libro, y se enciende como yesquero. Se cierra, se apaga, pero queda uno chamuscado” (1935).

 

Su poesía es considerada dentro de la vanguardia venezolana, la mis- ma que se cultivó bajo la sombra del dictador  Juan Vicente Gómez, quien durante tres décadas estuvo al mando de Venezuela. Calcaño fi- gura en las antologías como la poeta que manifestó una expresión de erotismo temprano y se enfrentó, con su palabra, a una tradición de re- presión. Sus palabras representan una celebración del cuerpo, la mira- da intimista que teje vínculos entre el verso y la mujer que los escribe.

 

La voz que habita su obra disfruta de ser carne y piel, de estar en mo- vimiento,  de pertenecer  a la naturaleza.  “¡Qué de belleza!,  / ¡qué de frescura tiene mi cuerpo!, / ¡cuando la aurora llega y me toma / me- dio desnuda / sobre la yerba! (Del poema “Madrugada”). La libertad de su palabra se refleja en las imágenes de sus versos, no se amedren- tó ante las críticas  de los grupos  más conservadores,  al contrario,  no dejó de escribir  y publicó  después  de “Alas fatales”,  “Canciones  que oyeron mis últimas muñecas” (1956). Sin embargo, “Entre la luna y los hombres” (1960) fue el libro más “escandaloso” de los tres, lástima que la  autora no haya estado viva para presenciar  aquellas reacciones.

 

Cultivó,     además,     pequeños     poemas,     así      como     tex- tos   más  narrativos que  no   pierden  su   carácter  poético.  Uno de  ellos  es  Credo,  donde  ella  misma se  dibuja  completamente:

 

“Mi mayor defecto, la inconstancia; mi gran virtud, la piedad; mi atracción, el mar; mi animal, el gato; mi gran temor, la víbora; lo más repulsivo, los pantanos; mi flor, el loto; mi oración, el Ave María. El mejor libro, los Cantos de Maldoror. El que me hace dormir, El Quijote. La palabra más hueca, amistad; la más bonita, silencio...”.

 

Tenía sólo once años cuando escribió los versos que escandaliza- ron la escuela:

 

“Me bajo el vestido, como si estuviera desnuda o lo llevara levan- tado por una sed desconocida. Acabando de salir de los brazos de un hombre todo un día vivido hondamente. Horas y horas de


 

 

amor, de avasallante placer. Pero esto es muy distinto. Se resume allí, en el sexo. Es algo que debiera estudiar la medicina, parecie- ra del otro mundo. Está en misma, me hace doblar las rodillas de deliciosa posesión”

 

María Calcaño, es sin duda la pionera del nuevo feminismo en Vene- zuela, su lirica derrumba las barreras que se imponían para la época, y que resultaban en una poesía esencialmente patriarcal, sus metáforas ex- presan un sentido del erotismo donde la feminidad no pierde su esencia y se reafirma:” ¡No es placer/ lo del alumbramiento! / pero qué hondo estremecimiento/ cuando nos gritan desde adentro:/ ¡Mujer! ¡Re- ventando en gritos! / como madre nueva/ me he de sangrar…/ ¡Lla- mas en la lengua! / Golpe / que me subleve / los dormidos pezones”.

 

Todos sus libros están llenos de un discurso intimista, donde la naturaleza  se conjuga con el deseo, para establecer  una especie de rito sagrado que rinde tributo a Eros: “No por qué tanto la llu- via me ama. / Si voy por el monte me sale traviesa; / si en la noche llega me busca en la cama/ y por no asustarme  íntima me besa”.

 

3. Lydda Franco Farías

Lydda Franco Farías es una de las más vitales voces de la poesía vene- zolana de la beligerante década de los años sesenta; nace el 3 de enero de

1943, en la Sierra de Coro o Sierra de San Luis, zona pródiga en bellezas ge- nerosas, donde se encuentran los lagos subterráneos más extensos del país, cuevas con grandes salas, simas y galerías, en el estado Falcón, Venezuela.

 

Estudia primaria en su pueblo natal, y los estudios secundarios los rea- liza en el Liceo Cecilio Acosta de la ciudad de Coro. Comienza a escri- bir desde la adolescencia en 1958 y posteriormente, colabora en los dia- rios La Mañana de Coro y Panorama de Maracaibo, entre otros. A partir de 1963 se radica definitivamente en Maracaibo, estado Zulia, Venezuela.

 

En la Universidad del Zulia trabaja de bibliotecaria en la Facultad de Cien- cias Económicas y Sociales. Allí nos narran algunos compañeros sus protestas por el asesinato de Jorge Rodríguez, por el golpe de estado en Chile contra el presidente Allende, sus discusiones sobre las tendencias del MAS, sobre los “perros” y los “patriotas”. Hasta que llegó el día que renunció a todo parti-


 

 

dismo político, abandonó totalmente la militancia activa, y a partir de allí se dedicó a escribir, decisión que nos permite deleitarnos con su legado poético:

 

si tengo que ceder hasta quedar desprovista de vanidad

si nada tengo y esa nada me es arrebatada

(...)

 

La poetisa Lydda Franco Farías guarda, en su obra, inflexiones poéticas de las lecturas de los venezolanos: el mirandino Caupolicán Ovalles, iniciador en el país de la antipoesía y perteneciente al grupo El Techo de la Ballena; la alquimia de la palabra poética por su fuerza y honestidad del trujillano c- tor Valera Mora; de Miyó Vestrini, la única mujer del grupo Apocalipsis, el tránsito del dolor de su cuerpo como creación; el desenfado en la antipoesía y el uso de modismos de su región del zuliano Blas Perozo Naveda; y las lecturas de los extranjeros: los barrocos y simbólicos el cubano José Lezama Lima y el peruano César Vallejo y, el existencialista checo Frank Kafka, para citar a tres clásicos contemporáneos. Su trajinar por las letras nos deja una larga lista de títulos publicados y otros inéditos o editados post-mortem.

 

En  su  primer poemario, Poemas circunstanciales  (1965), el  desplo- me, la inteligencia, el tiempo y el espacio son los motivos, con una lec- tura tan hermosa como extraña sobre los trances externos e  inter- nos del ser humano, escritos desde las esquinas material y metafísica.

 

Su segundo poemario, Armas blancas, estuvo perdido muchos años antes de ser editado, y fue su amigo el pintor trashumante Emiro Lobo, quien logró rescatarlo, y se publica en 1969; en él, ficción y realidad son recíprocas e irre- versibles y la caída en el tiempo mantiene la indagación del enigma entre ellas.

 

Con el grupo Cal y Agua publica, como coautora con Ricardo Ruiz Cal- dera y José Parra Finol, el tercer poemario Edad de los grandes ataúdes, en

1977; sin embargo, la obra no circula por contrariedades entre sus au- tores; luego, sigue en soledad con el ejercicio de su poesía apocalíptica.

 

Summarius, publicado en 1985, es su cuarto poemario, con un formato en prosa poética continua, donde solamente los puntos permiten las pausas en la tonalidad de la voz o el cambio en la intención de la caída, la lucidez y el tiem- po, con un encabalgamiento abrupto y una entropía rebosada a contraluz.


 

 

En 1991 aparece el quinto poemario, A/Leve, que contiene una amalgama entre la perfidia y la futilidad, entre la alevosía y la levedad, términos estos últimos reducidos en el mismo título y la barra intermedia significando el límite insalvable entre estas dos formas de conductas. Su epígrafe de Francisco de Quevedo, “Serán cenizas, mas tendrán sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”, contiene en mismo la idea de la poetisa de que el amor corporal y espiritual deberían persistir más allá de la muerte.

 

En acto solemne el 18 de octubre de 2005, en el Teatro Baralt de Maracaibo, se le

confiere póstumamente el título de Doctora honoris causa de la Universidad del Zulia.

 

En una cultura masculina desde sus cimientos, la poetisa desenfada, con una conmoción de la conciencia y los sentidos, cantando en cada verso, para poder respirar a pulmón pleno cada palabra e intentar enmendarlas con su propio ser, crea hendiduras para quebrantar y escapar de ese enra- recido mundo que la asfixia, y evadirse a través de las grietas como la hem- bra que seduce con lo femenino, con sus lecturas, su mirada y su poesía:

 

adentro hay una mujer que monta guardia a fuerza de balancear las caderas

se ha convertido en péndulo y gravita sobre las cabezas de los que todavía no comprenden la magnitud del encantamiento

 

Más allá de su tono irónico, la poetisa se rebela contra toda mansedum- bre impuesta desde el androcentrismo:

 

“voy a desayunarme la claraboya de la mañana voy a atragantarme periódico con tus crónicas violentas voy a tener noticias del mundo hasta la ingesta

de par en par ventanas muéstrenme lo que sin mí despierta sacúdete ropa inmunda los dobleces espanta con lejías la penumbra soliviántate plancha

aplasta en un desliz las pérfidas arrugas a volar escoba sin bruja que respire el polvo dancen muebles al ritmo que los aviente

púlete piso en redención de no empañado espejo arde sin paz cocina del infierno tápate olla impúdica


 

 

cuece a la sazón luego evapórate suenen cubiertos en estampida muda”.

 

 

Conclusión

Los planteamientos anteriores conllevan a preguntarse: ¿dónde están las autoras latinoamericanas?, ¿no existen?, ¿Han ocupado un lugar más allá de las listas de luchadoras, heroínas, personajes históricos? Tradicionalmente la mujer en el universo ha ocupado el lugar natural denominado así por varios autores, es decir, su papel de madre, de guardiana del hogar. Es de resaltar que ya desde la Biblia, texto que indudablemente ha determinado el imaginario de Occidente a través de cada una de sus sentencias, ha confi- gurado una especial manera de contemplar y definir a las mujeres; ya en el génesis encontramos, como su nombre lo dice, el origen de esta percepción:

 

“Dijo Dios a Eva asimismo a la mujer Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad o mando de tu marido, y él te dominará”. Génesis

3:16

 

Dos mil diecisiete años después se sigue creyendo, y en la creencia se desdibuja el hacer, que la mujer nació para llevar sobre el peso de los su- frimientos y las miserias del mundo. Su voz ha sido silenciada en todos los ámbitos, ella dadora de vida, se convirtió en mujer-roca, mujer-sin palabras:

 

Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.” 1

Corintios 14.

 

Entonces se hace necesario afirmar que estas pasaron a la historia detrás de los padres, los hermanos, los maridos, los hijos. Ellas, cualquiera que fuese su condición, fueron obligadas a permanecer detrás, calladas en el decir y no en el hacer público, menos en la construcción del saber occidental. Tejie- ron la historia pero permanecieron invisibles, trabajaron, sudaron, -como lo determino el concepto bíblico- pero siendo ignoradas. Fueron siempre segregadas, escondidas, negadas, de todos los grupos excluidas, ha sido la mujer quien ha soportado el inclemente peso de la historia con mayor fuerza.


 

 

Aristóteles (1997), el filósofo de mayor envergadura en la historia del pensamiento  universal,  se refirió a ella como un ser inferior  “el ma- cho es por naturaleza  superior  y la hembra  inferior;  uno gobierna  y la otra es gobernada”. Este pensamiento se sostuvo por toda la histo- ria del pensamiento occidental, que según Gallardo (2011), la filosofía de Aristóteles permeó de tal manera la cultura occidental que ha de- jado durante  siglos a las mujeres  preseas de un continuo  ahistórico.

 

Mientras los revolucionarios franceses cortaban las cabezas d las pensado- ras pioneras (Olympe de Gouges y otras), en Nuestra América, los españoles ejecutaban a las rebeldes indígenas (Micaela Bastidas, Tomasa Tito Conde- mayta, Marcela Castro, Bartolina Sisa, Greogoria Apaza, y muchas más) o las tomaban como botines sexuales. La presencia de las mujeres en la inde- pendencia fue más profusa y extensa de lo que la historia oficial ha recono- cido, cada país gestó diferentes tipos de mujeres, desde figuras de heroínas hasta las que daban mensajes, recolectaban dinero o marchaban con la tropa.

 

Todas sufrieron el flagelo de la guerra y muchas de ellas fueron fusi- ladas sin tener un juicio justo. Las mujeres contribuyeron a la creación de las naciones, pero continuaron excluidas de su condición de ciuda- danos. Sus voces se tuvieron que colar en disciplinas como la literatura y la historia y sólo después se extendieron a otras como la antropología, sociología, psicología, etc. Esto se explica fácilmente porque la literatu- ra suele ser menos hermética y más receptiva al aporte de las mujeres.

 

Además de ello, el hecho de que la mujer, como se citó anteriormente, está ligada a conceptos como afectuosidad, maternidad, sentimientos, pareciera estar fácilmente ligada a la literatura, concebida ésta como una disciplina donde hay una mayor libertad de expresión, por una parte, y por la otra, la disciplina de la ficción, del imaginario, de la estética, de la belleza del lenguaje.

 

Esta disciplina entonces, daría a la mujer mayor libertad de expresión; de alguna u otra manera la literatura fue campo para que esa mujer cuya producción intelectual le había sido negada desde los albores de la exis- tencia, se manifestara través de ella para exponer, gritar a toda la socie- dad que los cánones culturales no eran lógicos, que estaban basados en la exclusión, en la superposición no natural, de la dicotomía hombre mujer.


 

 

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Vargas, I. (2008). La ocultación de las mujeres en la historia de Venezuela.

Caracas, Venezuela.