
Diego Buitrago, Jhoanna Rosero, Julio Guerra y Farid Espinoza
Hacia un urbanismo del subdesarrollo. El problema de las...
ENCUENTS
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ARTICULO
la “cIudad de los pobres”
y la “cIudad de los rIcos”
Una importante literatura sobre
urbanismo, con claro impacto en las
convenciones internacionales y decla-
raciones de organismos internaciona-
les como la UNESCO, tiene raíces en
una visión clasista del problema. En
primer lugar, se define que la causa
del problema urbanístico son las re-
glas mismas del juego del capitalismo,
por las cuales el capital, definido por
los intereses insaciables de aumentar
las ganancias, distorsionarían el senti-
do comunitario del hábitat, alienando
la función urbana, y poniéndola siem-
pre al servicio de las clases más po-
derosas. Esto sería como una suerte
de pecado orginal antihumanista. En
segundo lugar, se construye una idea
de desconfiaza primaria en contra de
las élites que representan este diag-
nóstico, en contraposición al impulso
popular (mayoritario, proletario,
trabajadores en situación precaria,
indígenas, por ejemplo), y por lo cual,
éstos últimos serían más racionales en
el uso humanista del espíritu del lugar.
Esta última caracterización depende
de asumir que las clases sociales sub-
alternas no tienen el factor contami-
nante que tienen las élites de aumen-
tar compulsivamente sus ganancias.
Un autor de referencia de esta óp-
tica es el filósofo francés Henri Lefb-
vre. En el siguiente texto, tomado del
lobro “El derecho a la ciudad”, este
autor opone el comercio capitalista a
las “necesidades antropológicas” de la
gente. Define el espacio manejado por
la gente como un espacio de juegos y
aventuras, incluso un lugar para satis-
facer el tiempo de no trabajar, a dife-
rencia del espacio del consumismo (el
juego de aquel que solo quiere aumen-
tar sus ganancias) que no daría lugar a
la “antropología” de la gente:
“La reflexión teórica queda restringida
a redefinir las formas, funciones, es-
tructuras de la ciudad (económicas,
políticas, culturales, cte.), así como
las necesidades sociales inherentes a
la sociedad urbana. Hasta el momen-
to sólo han sido investigadas, y, por
otra parte, más bien manipuladas
que efectivamente conocidas y reco-
nocidas, las necesidades individua-
les con sus motivaciones marcadas
por la sociedad llamada de consumo
(la sociedad burocrática de consumo
dirigido). Las necesidades sociales
tienen un fundamento antropológi-
co; opuestas y complementarias a
un tiempo, comprenden la necesidad
de seguridad y la de apertura, la de
certidumbre y aventura, la de orga-
nización del trabajo y la de juego,
las necesidades de previsibilidad v
de imprevisto, de unidad y de dife-
rencia, de aislamiento y de encuen-
tro, de cambios y de inversiones, de
independencia (cuando no de sole-
dad) y comunicación, de inmediatez
y perspectiva a largo plazo. El ser
humano tiene también la necesidad
de acumular energías y la de gastar-
las, e incluso derrocharlas en el jue-
go. Tiene necesidad de: ver, de oír,
de tocar, de gustar, y la necesidad
de reunir estas percepciones en un
«mundo». A estas necesidades an-
tropológicas elaboradas socialmen-
te (es decir, unas veces separadas,
otras reunidas, acá comprimidas y
allí hipertrofiadas) se añaden necesi-
dades específicas que no satisfacen
los equipos comerciales y culturales
más o menos parsimoniosamente te-
nidos en consideración por los urba-
nistas. Nos referimos a la necesidad
de actividad creadora de obra (no
sólo de productos y bienes materia-
les consumibles), de necesidades de
información, simbolismo, imagina-
ción, actividades lúdicas. A través de
estas necesidades específicas vive
y sobrevive un deseo fundamental,
del que son manifestaciones parti-
culares y momentos, que superan en
mayor o menor grado la división par-
celaria de los trabajos, el juego, la se-
xualidad, los actos corporales como
el deporte, la actividad creadora, el
arte y el conocimiento. Por último, la
necesidad de la ciudad y la vida ur-
bana sólo se expresa libremente en
las perspectivas que aquí intentan
desprenderse y abrir el horizonte.
Las necesidades urbanas específi-
cas consistirán seguramente en ne-
cesidades de lugares cualificados,
lugares de simultaneidad y encuen-
tros, lugares en los que el cambio
suplantaría al valor de cambio, al co-
mercio y al beneficio. ¿No será tam-
bién necesidad de un tiempo para
estos encuentros, estos cambios?”
(Lefebvre, 1978, pp. 123-124).