ENCUENTROS
Revista de Ciencias Humanas, Teoría Social y Pensamiento Crítico
ISSN: 2343-6131 / ISSN-e: 2610-8046
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
Maracaibo, Venezuela
Ensayos
N° 09. Enero-Junio 2019
pp. 41-54
Sentido común y prudencia. A propósito del deslenguado político..
Common sense,
prudence.
About
the
politically
foul-mouthed.
Gladys Madriz Universidad Central de Venezuela
- Universidad Simón Rodríguez Caracas, Venezuela
Resumen
En este trabajo estudiamos la sinrazón y al deslenguado como expresiones de comportamientos po- líticos en nuestros días. Así pues, se trata de dar que pensar en
torno a estos dos conceptos,
referidos al ámbito político,
tan abrumadoramente cotidianos en Nuestra América.
Con esto en mientes, nos hemos
propuesto realizar un análisis de carácter fenomenológico hermenéutico crítico
con el fin de contribuir a comprender mejor el denominado sensus communis, o sentido común, así como la
prudentia, frente a comportamientos políticos
calificados de irracionales y de actitud deslenguada. Fi- nalmente, como una modesta
contribución del análisis
realizado, podemos señalar
a las denominadas diligencias del formar-se en el sensus communis y la prudentia, que expondré en el cierre
del texto.
Palabras Claves: deslenguado, sinrazón, sentido común, prudencia, fenomenología hermenéutica
Abstract
In this work we study the unreason and the foul-mouthed as expressions of political behavior
in our days. So, it is about giving reason to think about these two concepts, referred
to the political sphere, so overwhelmingly daily in Our America. With this in mind, we have proposed an analysis of a
critical hermeneutical phenomenological character in order to contribute to better understand
the so-called sensus communis,
or common sense, as well as the prudentia, against political behaviors described as irrational and foul-mouthed attitude.
Finally, as a modest
contribution of the analysis
carried out, we can point to the so-called diligences of the form in the sensus communis
and the prudentia, which I will expose in the closing
of the text..
Keywords: foul-mouthed, unreason, common sense,
prudence, hermeneutical phenomenology.
Recibido: 03/11/2018
Aceptado: 10/12/2018
Lo “bueno” en la Ética Humanista
es la afirmación
de la vida, el despliegue
de los poderes del hombre. La virtud es la responsabilidad hacia la propia
existencia. Lo “malo” lo constituye la mutilación de las potencias
del hombre. El vicio es
la irresponsabilidad hacia sí mismo.
Erich Fromm
Durante mi disertación estaré jugando, en el sentido
de dar que pensar, con dos grandes categorías que me he
inventado: por un lado, la del “sín- drome de la sinrazón política”, y por otro la del “deslenguado” político. De ahí que, en este trabajo nos
hemos propuesto realizar un análisis de carácter fenomenológico hermenéutico
crítico con el fin de contribuir a comprender
mejor el denominado sensus communis, o sentido común1, así como la prudentia,
frente a comportamientos políticos calificados de: irracionales y de actitud
deslenguada. Como una modesta contribución del análisis realizado,
podemos señalar a las denominadas diligencias del formar-se en el sensus communis y la prudentia, que expondré en el cierre del texto.
1. El asunto de la sinrazón.
Un síndrome, tal y como señala el diccionario de la Real Academia
de la Lengua es un conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación
generalmente negativa. De manera, que al conjunto de compor- tamientos desadaptados y violentos
pudiéramos denominar como el “sín- drome de la sinrazón”.
Se me ocurre que también pudiéramos pensar en este síndrome como
el fenómeno del sentido versus el sinsentido. El ser humano en su vida
cotidiana se ve impulsado por conseguir el sentido de las cosas, así como del
sentido de lo que hace y cree. Pero la ciencia moderna y la filosofía analítica entre
ellas, establecen una serie de condiciones para ocuparse del sentido que experimenta el hombre,
como si se tratase de la única manera permitida de pensar-se. En un interesante trabajo que se ocupa de esta
temática Cordua señala:
Los sacrificios que exige esta forma moderna
de ascetismo son enormes. Prime- ro, el angostamiento del campo de la filosofía,
que cede todos sus asuntos
sus- tantivos a la investigación científica como consecuencia de haber decidido
que
1Como diría Voltaire:
“El sentido común no es nada común”.
el mundo no consta
sino de hechos y que el lenguaje adecuado para referirse a ellos son las proposiciones verificables fácticamente. Luego, la afirmación cate- górica de que hay cosas
inefables y que sobre ellas
no cabe sino guardar silencio. La prohibición de hablar sobre lo inverificable se fortalece con una exhortación moral: no usar el lenguaje más que para referirse a lo fáctico
so pena de cometer
abusos de lenguaje, esto es, de incrementar el sinsentido. El límite que separa
al sentido del sinsentido queda establecido firmemente y su violación no produce
sino cháchara vacía que llena el mundo de confusión y de problemas insolubles.
(Cordua, 2000, p. 14).
Sin embargo, esta
propuesta de purificación intelectual de la vida filo- sófica no ha sido acogida de manera popular
por todo el mundo. En el caso del psicoanálisis, por ejemplo, se
ha trabajado para reducir el sinsentido, al intentar ampliar
el terreno de lo consciente en función del inconsciente.
Otros intentos han quedado reflejado
en las Bellas Artes, por ejemplo en el teatro del Absurdo. En este género,
los dramaturgos reaccionan frente
a los acontecimientos de dos guerras
mundiales, de gobiernos
democráticos capaces de acabar con la vida humana en ciudades enteras y
con un sin- fín de muestras de que el hombre es capaz de lo más excelso y de lo
más terrible. Mientras que el público tradicional va al teatro buscando escapar
de su realidad, de tomarse
un descanso para no pensar, dramaturgos como Samuel Beckett, Antonin Artaud, Eugéne Ionesco y Fernando Arrabal, proponen lo contrario.
Cordua, reflexiona sobre ello y escribe:
Por lo general
estimamos positivamente la vida y la historia
humanas. Aquí, en cambio, el drama propone que la
existencia de hombres en el mundo es un peli- gro y una catástrofe de
dimensiones universales. ¿Qué quiere decir tal mensaje? Podría querer llamar la atención sobre la
posibilidad que el hombre moderno tiene de usar el poder de la ciencia
y la técnica para destruirlo todo. O tal vez bus- ca indicar que otros seres vivos,
diferentes del hombre, habitan este planeta de maneras menos atroces que éste; o que a pesar de que el hombre ha reclamado ser superior a todos ellos no parece tener razón a la luz de las barbaridades cometidas en este siglo
y en otros. No es fácil interpretar unívocamente las obras
del llama- do ‘teatro del absurdo’
pues se valen de símbolos más sugerentes
que claros, de representaciones ambiguas y compatibles
con varios sentidos alternativos. Pero la polisemia es una característica de
muchas obras de arte. Llamarlas absurdas por eso, por insinuar demasiados
sentidos a la vez, es signo de confusión mental y de querer dogmatizar a
propósito del arte. (Cordua, 2000, p. 13).
Veamos lo que Ionesco, a propósito de lo acertado de la
interpretación de Cordua, señala en una de sus obras:
Me parece que en nuestra
época y en todas las épocas las religiones o las ideolo-
gías sólo son y han sido coartadas, máscaras, pretextos de esta voluntad
de homi- cidio, del instinto destructor, de una agresividad fundamental, del odio profundo
que el hombre siente por el hombre; se ha matado en nombre del Orden, contra el Orden;
en nombre de Dios contra
Dios; en nombre
de la patria para destruir
un
orden nefasto, para
liberarse de Dios, para desalienarse, para liberar a los otros, para castigar a
los malos en nombre de la raza; para restablecer el equilibrio del mundo, por el equilibrio del mundo, por la salud del género humano, por la gloria o
porque hay que vivir y arrancar su pan de las manos
de otros; se ha masacrado, sobre todo, y torturado
en nombre del Amor
y de la Caridad. En nombre de la
justicia social. (Ionesco, citado por Calderón, 1994, pp. 44-5).
Esta búsqueda de sentido en el hombre, ¿es acaso una búsqueda
que proviene del terror a la falta de sentido? El no poder soportar la ambi-
güedad, la impredecibilidad, el mismo temor a la muerte, hace el que nos
aferremos a certezas, aunque sospechemos de ellas, aunque en el fondo dudemos de nuestros juicios;
a veces, preferiremos no escuchar a la razón y equivocaremos el sentido que les
damos a las cosas. El sentido y el sin- sentido estarán siempre ligados a
nuestras estimaciones y evaluaciones, a nuestros juicios, a nuestras
decisiones, por lo que siempre podrá ser po- sible que
coincidamos o no con los demás. Pero sucede que los sentidos también
pueden perderse, al igual que las palabras que los designan. De manera que el
sentido y el sinsentido no son cualidades permanentes de las cosas. Lo anterior
nos conduce a señalar que en el lenguaje ordinario una de las acepciones de “sentido” tiene
que ver con el valor
o la importan- cia de las cosas.
También podría relacionarse con el propósito
o no de las acciones, e incluso con el hecho de conseguir o no
las metas. Se hablaría entonces de redes de significados antes que de uno solo.
A pesar de que normalmente sabemos el por qué hacemos
lo que hace- mos, en ocasiones habrá de pasar
que no comprendamos nuestras reaccio- nes y entremos en un estado de extrañeza. Eso sucede cuando por ejemplo decimos cosas inconvenientes en ciertas circunstancias, o cuando tenemos olvidos incomprensibles que nos
descolocan. ¿Pudiera ser entonces que estos episodios que hemos calificado de un síndrome de la sinrazón
se explicasen por esta falta de conexión con el mundo cotidiano? ¿o con
el valor o la importancia que equivocadamente le hemos adjudicado a ciertos eventos? ¿o
quizás, que ante la confusión, nos hemos dejado arrastrar por el juicio de los otros, asumiendo temporalmente, los
sentidos y significa- dos ajenos?.
La falta de reflexión sobre la vida cotidiana pudiera ser
finalmente, la principal razón de este síndrome de la sinrazón. El casi total
desconoci- miento de quienes
somos, lo que queremos ser, lo que nos falta para ser fe- lices, para sentirnos satisfechos con nuestras vidas
y con las de los demás,
pareciera estar detrás de este síndrome. En este mismo orden de
ideas, Cuéllar propone desarrollar una reflexión de corte filosófico en torno a
la relevancia de la vida diaria en la búsqueda del sentido de la vida, alejándo-
se de aquellos modelos de vida que priorizan la consecución de una vida
feliz gracias a la fama, el poder,
el dinero y el placer. La autora nos
dirá:
La cotidianidad de la
vida resulta, por ende, muy importante, porque en ella se encuentra la respuesta —aun desarticuladamente— a la
pregunta por el sentido de nuestras vidas y se puede tener una mayor conciencia
de la propia identidad, de la actividad productiva y reproductiva, de la
responsabilidad y libertad en asuntos como la prosperidad propia y la de los
demás, la búsqueda del bienestar y la felicidad. (Cuéllar, 2009, p.28).
Por supuesto que estos planteamientos no son nuevos, pero eso no
los hace menos pertinentes. Nos gustaría mencionar en este sentido, parte del
trabajo de Erich Fromm en una de sus obras
como es Ética
y Psicoanálisis. Vamos a partir
de una división que hace Fromm entre
una ética humanista y una ética autoritaria, y tal
división la hace para poder responder a su inquietud de cómo, hace ya mucho
tiempo, hemos abandonado el arte del saber vivir. Y decimos arte,
porque no se trata de una ciencia,
de preceptos fijos e
inmutables, de principios generales a ser aplicados. Pero, por otro lado, también
somos ligeros si pensamos que por el hecho de simplemente
existir, ya podemos decir que sabemos de la vida, e incluso que
somos expertos en ella. Fromm nos recuerda que:
A pesar de todo el énfasis que la sociedad
moderna ha puesto en la felicidad, en la individualidad y en el propio interés,
ha enseñado al hombre a sentir que no es su felicidad (o si queremos usar un
término más teológico, su salvación) la meta de la vida, sino su éxito o el
cumplimiento de su deber de trabajar.
El dinero, el prestigio, y el poder se han convertido
en sus incentivos y metas. Actúa bajo la ilusión
de que sus acciones benefician sus propios intereses, aunque de hecho sirve a todo lo demás, menos a los intereses de su propio ser. Todo tiene impor- tancia para él, excepto su vida y el arte de
vivir. Existe para todo, excepto para
él mismo. (Fromm, 1986, p. 31).
Esto es importante para el autor, ya que esta ilusión de vivir en búsque- da del éxito, hace que las decisiones o
juicios de valor que hacemos los seres humanos terminen por guiar nuestra
conducta hacia acciones poco válidas en lo que atañe a nuestra salud mental y a
la convivencia con los demás. De manera
que el hombre:
Ha llegado a ser
el amo de la naturaleza y al mismo tiempo se
ha transformado en el esclavo de la máquina que construyó con su propia mano. A pesar de todos
sus conocimientos acerca de la naturaleza, permanece ignorante en cuanto a los
problemas más importantes y fundamentales de la existencia humana: lo que le
hombre es, cómo debe vivir, y cómo
liberar las tremendas energías que existen
dentro de él y usarlas productivamente. (Fromm, 1986, p. 16).
La vida está llena de luces y sombras, hay momentos felices y
otros infelices, habrá gente que amamos y nos aman, así como quienes
no lo ha- rán. La vida humana se encuentra surcada
de problemas cotidianos que hay que resolver. Pensemos
en la enfermedad, en las dificultades personales de trabajo, relaciones, la familia, la organización política y social, y veremos como nunca estaremos exentos
de problemas, pero lo relevante
no son los problemas, sino cómo los enfrentamos, cómo intentamos
resolverlos, sin desmedro de nuestras otras dimensiones, aquellas que nos
acercan más con lo que reafirma nuestra
condición de mortal que envidiaron los dioses: la
libertad de elegir como ejercicio de libertad y responsabilidad para con
nosotros y los demás que estamos embarcados en una misma nave y
con un mismo destino.
2. El deslenguado
político.
Cuando Gadamer rastrea,
en la mejor tradición de las ciencias
del espí- ritu, los conceptos básicos
del Humanismo, se ocupa del sensus communis, entre otros.
De manera que al dedicar
un espacio al estudio de este concep- to, remite a un escrito de Vico el cual presenta un esbozo de lo que sería una nueva ciencia, la ciencia de lo
humano. En su disertación De nostri tempori studiorum ratione,
Vico presenta
dos importantes dimensiones en el concepto de hombre
sabio, a saber, el sensus communis o sentido
comunitario; y la eloquentia o el hablar bien. Comencemos por el sen-
sus communis. Encuentra su primera figura en Sócrates, es decir, en una imagen que conceptualmente opone sophia
y
phrónesis, algo así como la oposición entre el erudito de
escuela y el sabio, aquel que representa el ideal práctico. Lo que está señalando Vico es la necesidad de límites en lo
que sería la ciencia moderna y su metodología matemática. Según
él, el cultivo de la prudentia y la eloquentia debería seguir
manteniéndose por lo que el tema de la educación sería el de la formación del sensus commu- nis. Con el énfasis que señala
Gadamer:
Lo que a nosotros
nos interesa aquí es lo siguiente: sensus
communis no significa en este caso evidentemente sólo
cierta capacidad general ubicada en todos
los hombres, sino al mismo tiempo el sentido
que funda la comunidad. Lo que orien- ta la voluntad humana no es, en opinión de Vico, la generalidad abstracta
de la razón, sino la generalidad concreta que representa la comunidad de un grupo, de
un pueblo, de una nación,
o del género humano en su conjunto. La formación de tal
sentido común
sería, pues, de importancia decisiva
para la vida. (Gadamer,
1999, p. 50).
Obviamente sería un tipo de sentido que trabaja intuitivamente y
que no puede ser sustituido por la ciencia moderna. El saber práctico, esta phrónesis
es una forma de saber distinto. No sólo se sustrae al concepto racional del saber, sino que asume una intención ética,
una orientación de la voluntad. Tal y como señala
Gadamer:
Para Vico(…)el sensus
communis es el sentido de lo justo
y del bien común que vive
en todos los hombres, más aún, un sentido que se adquiere a través de la comunidad
de vida y que es determinado por las ordenaciones y objetivos de ésta(…) Vico retrocede más bien al
concepto romano antiguo del sensus communis tal como aparece
sobre todo en los clásicos romanos que, frente a la formación griega, mantienen
el valor y el sentido de sus propias tradiciones
de vida estatal y social. (Gadamer,
1999, p. 52).
Con el tiempo, se va perdiendo este carácter social y político
del sen- sus communis, hasta casi desaparecer en algunas culturas
europeas, que- dando este concepto relacionado simplemente con la capacidad de
juicio. Pensamos que actualmente pudiera decirse que efectivamente la idea del sensus communis
ha terminado por una del sentido común,
más vinculado con los buenos
o erróneos juicios que emitimos. Justamente es sobre esta reducción del
concepto, si se pudiera decir eso,
esa simplificación de su significado, por lo que Gadamer
trae a colación la interpretación de Vico, tal y como anteriormente la hemos presentado, y nos dice lo siguiente:
En general, la capacidad de juicio es menos una aptitud que una exigencia
que se debe plantear
a todos. Todo el mundo tiene tanto “sentido común”, es decir,
capacidad de juzgar, como para que
se le pueda pedir muestra de su “sentido comunitario”, de una auténtica solidaridad ética y ciudadana, lo que quiere
decir tanto como que se le puede atribuir la capacidad de juzgar
sobre justo e injusto, y la preocupación por el “provecho
común”. Esto es lo que hace
tan elocuente la apelación de Vico a la tradición
humanista; el que frente a la logificación del concepto de sentido
común, él retenga
toda la plenitud de contenido
que se man- tenía viva en la tradición romana de la palabra (y que
sigue caracterizando hasta nuestros días a la raza latina). (Gadamer, 1999, p. 63).
Hemos tenido que dar este
rodeo para llegar al asunto que nos interesa. El de cómo explicar, comprender, el que existan tantos deslenguados en este actual mundo
nuestro, que sean capaces de asumir,
consentir, realizar o simplemente
observar con cierta apro- bación las conductas y las posteriores consecuencias de las mismas,
que describiéramos con cierto detalle en páginas anteriores. La vi- ñeta
presenta a uno de los deslenguados más icónicos del mundo entero, lástima
que esté acompañado de un poder
irrestricto sobre la muerte de tantos, intentando hacer creer que se protege la vida,
en un macabro juego de
soberbia, poder y locura. La idea del des- lenguado nos parece irónicamente versátil: por un lado, literalmente hablando, se refiere a una
persona que no sabe hablar, que no es
elocuente, y por el otro, a quien se va de bruces,
incapaz de razonar con buen juicio, asumiendo
ese componente ético de la empatía, por supuesto. Y del sentido político, de la sana virtud de perseguir, o
trabajar por el bien común.
Si nos atuviéramos al
diccionario en español, entenderíamos por deslenguado a una persona
mal hablada, grosera,
que habla con des-
caro y sin educación. También a aquel que habla de más, lo que entre otras cosas alude al hecho de
decir cosas inconvenientes, de acuerdo con el contexto en el que se halle.
Probablemente estaría- mos de acuerdo
en señalar que este señor(a)
deslenguado(a) no tiene la
capacidad de escuchar
y de escucharse, por lo que frecuentemente cae en situación de
imprudencia. Nuevamente, la imagen n° 3, no puede caracterizar mejor a un
deslenguado oficial.
Entre otras cosas,
el gran problema del deslenguado es que no alcanza a comprender que silencio y lenguaje no están separados. Es toda una virtud el hacer
del silencio una oportunidad para que el otro se escuche, se vea, se comprenda. También
eso forma parte del tacto. Y también
puede enseñarse. Evidentemente, no nos referimos a un taller de crecimiento, como
el que pulula en algunas de nues- tras universidades y de grupos de coaches,
nos referimos a un tipo de enseñanza ostensiva, a enseñar con el ejemplo,
como lo hacía Sócrates.
Como lo haría el maestro
que en
una situación cotidiana quisie- ra educar el alma, quisiera tocar el alma,
acariciar el alma, porque sabe que después vendrá
la conciencia y después el conocimiento.
¿Y qué es esto del alma? Giuseppe
Ferraro diría que el alma es una relación, por eso se da en comunidad;
y vean ustedes cómo tiene sentido hablar de un sensus
communis. Véase a Ferraro (2016, pp. 63-
78).2 Desde esta perspectiva, este sentido,
que lo da el alma,
alcanza
2 En este mismo sentido
Ferraro agrega: “Ricordo
la frase dei quell’uomo detenuto,
adulto, ergastola-
su existencia en lo común de un nosotros.
El sensus communis
habla del alma de un pueblo, de una comunidad que entiende que la ma- nifestación de este sentido es lo que
permite preservar la vida de
todos en armonía. De allí se desprende, que más que aprender a vivir
en relación con el mundo, debemos aprender
a vivir en relación con otras
vidas. Y esto porque algunos,
quizás muchos mundos son pro- hibidos para muchos de nosotros, de manera que al vivir
en relación con otras vidas,
al final, habremos ampliado el mundo, y habremos vivido más plenamente.
¿Cómo
se educa el alma? En principio, gracias al tacto. Escuchemos a
Gadamer:
Bajo tacto entendemos
una determinada sensibilidad y capacidad de percepción de situaciones así como
para el comportamiento dentro de ellas cuando no po- seemos respecto a ellas
ningún saber derivado de principios generales. En este sentido el tacto es esencialmente inexpresado e inexpresable. Puede
decirse algo con tacto, pero eso significará siempre
que se rodea algo con mucho tacto, que
se deja algo sin decir, y “falta de
tacto” es expresar lo que puede evitarse. (Ga-
damer., 1999, p. 45).
Y también, por supuesto lo que se puede evitar decir y hacer. Desgra-
ciadamente, en estos tiempos de hoy, pareciera que no es importante hacer del otro una persona de bien, como
decían nuestros abuelos. En nuestras aulas nos estamos
quedando sin filosofía, sin espacios de diálogos don- de nos revisemos por dentro sin
condescendencia, como apuntara en su momento
Petrarca3. ¿Dónde aprenderemos a hacernos cargo de nosotros
no, recluso in regole senza
gioco. Disse di qualcuno che era una “bella persona”
e non perché era lui a
dirlo, ma perché è la verità della
vita a dirlo. Rimasi sorpresa, e resto ancora
in quella sorpresa
a ricor- darlo. C´è dunque
una verità della vita ed è quella
che fa dire delle cose belle di una bella
persona, ma come di un bambino,
di un giorno felice, della
giogia d´esistere. La verità della
vita fa dire cose belle. Il bambino di Eraclito
è la verità della vita”.
Ibídem., p.77. En una versión
nuestra al español
diría así: “: “Recuerdo la
frase de un preso con cadena perpetua, y sin derecho a nada. Dijo de alguien que era una “bella persona” y no porque fuera él quien lo
dijera, sino porque es la verdad de
la vida decirlo. Me sorprendió, y todavía me sorprende al recordarlo. Así que, hay una verdad de la vida y es lo que
hace que uno diga las cosas bellas
de una persona bella, al igual que un niño,
con un día feliz, lleno
de las alegrías de existir.
La verdad de la vida hace que se digan las cosas bellas. El hijo de Heraclito
es la verdad de la vida”. (Ferraro, 2016, pp. 77).
3 A propósito de la ceguera, de la soberbia
del ser humano en reconocer
sus limitaciones, escribe Petrarca lo siguiente: “¿De qué te
ha servido tanto leer? De tu mucha lectura, ¿cuánto ha quedado en tu espíritu,
ha echado raíces en él, produce frutos en el tiempo oportuno? Regístrate por
dentro sin condescendencia: hallarás que todo cuanto sabes, comparado con
cuanto ignoras, está en la misma relación que el arroyuelo que sacarán los calores del estío al lado del océano.
Y aun, ¿qué vale el mucho saber, si una vez aprendidas las medidas del
cielo y la tierra, las dimensiones del mar y el curso de los astros,
la virtud de hierbas y de piedras
y los secretos de la naturaleza, seguís siendo unos desconocidos para vosotros mismos?
¿De qué sirve,
si conociendo la derecha senda
de la ardua virtud con las
Escrituras como guía, la pasión os desvía por el camino torcido, y si teniendo en la
memoria las hazañas de los
personajes ilustres
de todos los tiempos, no reparáis en vuestro obrar cotidiano?”
mismos y de los demás? ¿Dónde a desarrollar las virtudes de la phrónesis y la eloquentia? Estamos como nunca cerca de olvidar que estamos en
el mundo para desarrollar el arte de vivir y no el de hacer morir. Solo po- demos lamentarnos como lo hiciera
Tolstoi recordando nuestra infancia, mejor dicho, la pérdida de ella
y que reclama de esta forma:
¿Volverá alguna vez esa lozanía, esa
despreocupación, esa necesidad de amar y la fe inquebrantable que se posee en
la infancia? ¿Acaso puede haber una época mejor que aquella en que las más
sublimes virtudes – la inocente alegría y la infinita necesidad de amar- son los únicos impulsos de la vida? ¿Dónde están
aquellas fervientes oraciones? ¿Dónde está el don excelso de aquellas lágrimas
puras de ternura? El ángel consolador venía a enjugarlas con una sonrisa y
traía dulces ilusiones a mi inocente
imaginación infantil. ¿Es posible que la vida haya
dejado en mi corazón huellas tan penosas que hayan huido para siempre esas
lágrimas y esos entusiasmos? ¿Es posible que no queden sino los recuerdos? (Tolstoi, 1990, p. 92).
A manera de cierre: de las diligencias del formar-se en el sensus com- munis y la prudentia. Notas introductorias.
Me preocuparía cerrar esta disertación sin ofrecer alguna vía
para no caer en el desencanto. Las expresiones de violencia tienen causas comple- jas y su comprensión excede la
posibilidad de ocuparnos de ella en este encuentro. Se dice, por ejemplo, que
cierto importante número de adoles- centes y jóvenes se hallan frustrados y
confundidos. Probablemente, es mucho lo que se les ha mostrado a través de
medios masivos y las redes como la vida ideal que deberíamos poder disfrutar
cada uno de nosotros. La realidad les ha hecho ver que tales disfrutes sólo son
posibles para un pequeño grupo de seres humanos, y que ellos son los
desterrados, los ex- cluidos. El desconsuelo es muy grande, tan grande como su
frustración. Muchas veces el desencanto, cuando se convierte en desesperación,
ter- mina en violencia, y ese no es
un mal de ahora. Muchos filósofos se han ocupado del asunto. Así Petrarca nos da una lección:
¿Qué loca saña es consumir los cortos días que pasamos entre los hombres en el odio y en la destrucción de los hombres?
No tardará en llegar el último día a extinguir tales llamas en los pechos humanos: pondrá fin
a los
odios y, si no deseamos a nuestro enemigo nada más duro
que la muerte, satisfará nuestros inicuos votos. ¿De qué sirve, pues, consumirse a uno mismo y a los demás?
¿De qué dejar escapar
los mejores momentos
de nuestro brevísimo tiempo? Los días destinados a los honestos goces corporales o bien a
meditar sobre la vida futura –apenas bastantes para ambas cosas, incluso si se
administran con suma economía-, ¿qué vale arrancárselos a las necesidades propias y dedicarlos tanto a la tristeza
y a la muerte del prójimo como a las nuestras? (Petrarca, 1978, pp. 81).
(PETRARCA, 1978, pp.
67-68).
Tan corta es la vida, que la ira es furia breve. Pero las
consecuencias nos acompañaran un tiempo más. ¿Valdrá
la pena dejarse llevar por ella? Las instituciones, incluyendo la escuela, no han sabido
cómo ocuparse del asunto. Me temo
que seguimos prometiendo beneficios que siguen induciendo la conformación de
subjetividades superficiales, cómodas y bien adaptadas a una sociedad que sufre
sus contradicciones sin atreverse a cambiar nada.
En la escuela nos comprometemos con el orden
curricular del momento, aquel que cambia la virtud, la solidaridad, por
ejemplo, por la competencia: adaptación. Que es como decir: dejan las cosas
como es- tán. No nos gusta hablar del dolor,
ni de la muerte, mucho menos del que provocamos.

Imagen N° 1: Mafalda4
La imagen de Susanita, ese personaje de las caricaturas
de Mafalda, que siempre terminamos
perdonando por reconocer en ella también al- gunos de nuestros pecados, nos
recuerda que también entre los maestros tenemos prejuicios y que constantemente
se observan prácticas de discri- minación y castigo en la escuela.
Me pregunto ¿de
quién ha de ser la lucha? ¿Acaso tenemos el derecho de manipular al otro para que se cumpla nuestra voluntad? Al igual que muchos de sus
maestros, muchos de estos muchachos no están prepara- dos para hacerse
responsables de sus vidas y mucho menos de las de los demás. Adolecen, entre otras cosas,
de ese sentido comunitario del cual la
4 Mafalda de Quino. Tomado
de: https://twitter.com/mafaldadigital/status/316183116760883200
tradición latina constituye ejemplo. En nuestras escuelas, las
más de las veces, muy buenos maestros siguen preparando para el oficio,
la profe- sión, pero pocas veces abordamos
la preparación para una vida buena, que también es bella, por lo profunda,
por lo armoniosa, por lo mesurada y jus-
ta. Nosotros, los maestros comprometidos, que también los hay, estamos viendo este panorama desde hace
algún tiempo, y es cierto que algunos nos sentimos sobrecogidos por la
situación, quizás, porque a muchos de nosotros también nos tiene confundidos y
desalentados la realidad y pen- samos que poco podemos hacer.
Pero no, quisiera
invitarles hoy a que hagamos
nuestras diligencias. En Venezuela,
el concepto de diligencia tiene que ver con el efectuar alguna solicitud o el
de realizar algún trámite que necesitemos con premura. Es verdad que diligente se refiere a la persona
o acto que con prisa
y cuidado logra el éxito de
la tarea emprendida. Revisé el diccionario de la lengua española y me pude dar
cuenta de que en sus distintas acepciones se re-
piten esos sentidos y voces. Hecho esto, ahora voy con la idea. Muchas personas estamos
relacionadas con la escuela. Y no debería
haber sorpresa alguna cuando
llegado el final
de este texto,
quiera comprometerles en ser
diligentes con la tarea de formar.
Hemos visto como el sensus communis no se refiere a un contenido de
ninguna de nuestras asignaturas tradicio- nales. Y sin embargo, nos señala, nos indica la urgente necesidad de ex-
perienciarlo, corporizarlo en nosotros y el fomentarlo, el darlo a probar en los demás.
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Imagen N° 2: Mafalda5
5 Mafalda de Quino. Tomado
de https://twitter.com/minsalud/status/301338637348507648
El candoroso Miguelito nos da la lección del día. Nos recuerda
que si no podemos hacer con el otro lo que se quiere para sí, estaremos
perdidos. Es cuestión de aquello que dice: muestra el amor para enseñar
a amar. Sí, se trata de un saber que
puede mostrarse, de una enseñanza ostensiva que se aprende al observarlo en el
otro, cuando hay tiempo y deseo de formar.
Estamos en tiempos oscuros: los jóvenes desertan de las clases, de las es-
cuelas, de los institutos, diciendo que en ellos no se enseña para la vida.
Eso en el mejor de las situaciones. Muchos de los habitantes de Nuestra América
han tenido que sobrevivir en un mundo donde cada día desapa- rece una vida sin que nadie responda
por ella. Eso realmente demuestra que nos toca vivir en una sociedad
cuyo norte no es el de saber vivir, el
de hacer de cada vida una vida buena, una vida bella, una vida justa, una vida
excelsa.
No podemos acostumbrarnos a decirle adiós a la esperanza. No
que- remos acostumbrarnos a dejar morir,
porque no sabemos vivir. No quiero
acostumbrarme a no hacer la diligencia del formar. No quiero dejar de prometer que lucharé para que la sinrazón y
los deslenguados no vuelvan a aparecer en Nuestra América. Alguien me
dirá que es inevitable que eso suceda y yo le diré que no es cierto,
y estaré diciendo
la verdad, porque en
mi casa, con mis vecinos,
en mi escuela, con mis amigos y con quienes
no lo son, habré de ejercitar el sensus communis,
y me morderé
el músculo insolente ante un
intento de deslenguarse. Es tiempo de volver a practicar la tradición humanista, sin desmerecer la
ciencia moderna, postpositivista o cualquiera que nos haga la vida más cómoda.
Hacer la diligencia inau- gurará un nuevo camino a la infancia, a la infancia
perdida que lloraba Tolstoi. A la infancia
donde siempre triunfa
el volver a comenzar, mientras
haya esperanza, mientras juguemos a vivir.
Referencias bibliográficas
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