ENCUENTROS
Revista de Ciencias Humanas, Teoría Social y Pensamiento Crítico
ISSN: 2343-6131 / ISSN-e: 2610-8046
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
Maracaibo, Venezuela
Artículos
N° 10. Julio-Diciembre 2019
pp. 47-59
Hacia la vida digna: La situación colonial y las posibilidades
de liberación desde la Filosofía Latinoamericana.
Towards the dignified life: the colonial situation and the possibilities for liberation
from
the
Latin American philosophy.
Claudia Analía
Sanchez Reche Maestría en Estudios Latinoamericanos
Universidad Nacional
del Cuyo Mendoza, Argentina
http://orcid.org/0000-0001-5211-0488
Este trabajo está
depositado en Zenodo:
DOI:
http://doi.org/10.5281/zenodo.3241393
Resumen
En el siguiente
artículo, nos proponemos realizar un recorrido
por las ideas más relevantes de algu- nos referentes
de la Filosofía Latinoamericana contemporánea: Boaventura de Sousa Santos, Arturo Roig, Raúl Fornet Betancourt
y Silvia Rivera Cusicanqui. En los pueblos
oprimidos por la menta- lidad
colonial, existe una urgencia
de producir y reivindicar una epistemología desde los márgenes,
esto es, la apuesta por una globalización contrahegemónica que nos devuelva la dignidad arrebatada desde 1492. La posibilidad de filosofar desde nuestra situación
de colonizados y colonizadas se pre- senta
entonces como un programa político
de la filosofía de la liberación y como una manifestación
de la vida digna de los pueblos
latinoamericanos.
Palabras Claves:Filosofía latinoamericana, epistemología del sur,
contrahegemonía, vida digna.
Abstract
In the present paper, we intend to make a review of the most relevant ideas of some contemporary Latin American philosophers: Boaventura de Sousa Santos, Arturo Roig, Raúl Fornet Betancourt
y Silvia Rivera Cusicanqui. There is an emergency, in the communities oppressed
by the colonial mentality, to produce and claim an epistemology from the margins, we mean, to bet for a counter-he- gemonic
globalization, that returns
us our stolen dignity since 1492. The possibility of creating a philosophy from our situation
of colonized, is presented as a political program by the philosophy of liberation, and as a manifestation of the dignified
life for Latin American people.
Keywords: Latin American philosophy, epistemology from the South, counter-hegemony, dignified
life.
Recibido:19/04/2019 Aceptado: 12/05/2019
Introducción
Cuando
Silvia Rivera Cusicanqui analiza, desde la Sociología de la Imagen, las ilustraciones de Waman Puma en su Primer
Nueva Coróni- ca y Buen
Gobierno, advierte una escena del corregimiento, en la que el corregidor y sus allegados beben y comen
en abundancia, mientras
que un indio, adulto con cuerpo de niño, recoge los restos de comida en
una bolsa. La iconografía de la situación colonial deja en claro lo que el len-
guaje aymara o el quichwa no conocen: la opresión y la humillación de la servidumbre
sólo pueden traducirse en jisk´achaña, que significa “empe- queñecimiento”.
Esa negación
de la dignidad humana a partir de las penurias
coloniales implica la negación del “otro” como sujeto, como cuerpo y
subjetividad. Varios filósofos
contemporáneos han estudiado estas relaciones de domi- nación en las que la “vida digna” aparece
como un programa político, histórico, concreto y necesario,
más que como concepto meramente abs- tracto.
Entre ellos contamos
a Boaventura de Souza Santos,
Arturo Roig y Raúl Fornet Betancourt, quienes, junto a Silvia Rivera Cusicanqui, entra- rán en diálogo en este escrito.
América
Latina, en tanto “alteridad” nombrada desde el Norte colo- nialista, ha sido por éste empequeñecida, reducida a cuerpos humillados
y serviciales. Desde el Sur metafísico y metafórico, la búsqueda de posi-
bilidades y alternativas que nos reconstruyan en nuestra dignidad se hace,
entonces, urgente.
La reconstrucción de la propia subjetividad: hacia el filosofar
latinoa- mericano
Frente al discurso filosófico hegemónico europeo, Arturo
Roig (2002), ha dicho que la
condición indispensable para el filosofar latinoamericano reposa en la noción
del “a - priori antropológico”. Es el problema central del que parte nuestra
filosofía, y que ha sido mencionado antes por José Martí y Simón Rodríguez, cuando instaban a “inventar o errar”, es decir, a
la propia creación en lugar de la copia servil de las ideas europeas.
El “a - priori antropológico”
es la afirmación de la dignidad humana. Si partimos del supuesto de la
dignidad de todo ser humano, entonces en- tenderemos que esa valoración
es lo que permite conocerse
a uno mismo y constituirse como sujeto filosofante. La dignidad aparece
aquí como la necesidad primera, la base de todos los otros derechos
humanos, sin la cual, como dice Roig, “los demás bienes son falaces e
inseguros” (2002).
El proceso
de engrandecimiento que
Europa había comenzado
en 1492 se acentuó
a partir de la llamada
modernidad filosófica (occidental, claro), con el pensamiento cartesiano de 1637. En
América Latina, el cartesia- nismo y
el cortesianismo han
sido las dos caras de la misma
moneda: “la posesión de la ciencia no era ajena, en absoluto, a la
posesión de la naturaleza, y con ella, a los seres que el colonialismo europeo
bautizó con el nombre de
naturales” (A. Roig, 2011:235).
La tragedia con la que nace la modernidad
latinoamericana dio lugar a las asimetrías relacionales en
todos los órdenes de la vida, incluso y es- pecialmente, en el discursivo. Al eurocentrismo y etnocentrismo, hay que
agregarle el “logocentrismo”: europea ha sido la palabra que nombra, de ahí que
Cusicanqui considere el lenguaje como encubrimiento, falsedad y deformación, lo
que la obliga a buscar significaciones nuevas (pero anti- quísimas) en la
iconografía indígena.
En este
sentido y como condición indispensable de nuestra subjetivi- dad, el a -
priori antropológico es el punto de partida, dice Roig, para la
autenticidad. Esta noción implica la valoración de nosotros como sujetos
filosóficos, y parafrasea a Hegel para explicarla: “tenernos a nosotros mismos como valiosos y ser tenido como valioso
el conocernos a nosotros
mismos” (A, Roig, 2011:238).
De este modo, se propone la Filosofía de Nuestra
América, que se constituye como un saber crítico, y que
retoma las formas de emergencia de
los sectores marginados, no
centrales, comprendiendo grupos sociales, étnicos y de género.
Es condición del saber crítico
y de la subjetividad el descentramiento
del sujeto y la valoración de la propia palabra, todo ello, en el presente,
es decir, contemporáneamente a los
hechos.
Roig habla de tres miradas que el sujeto filosofante debe tener
para pensar críticamente. La primera es la mirada
ectópica, sin añoranzas
de un pasado idealizado, que permite reformular el proyecto identitario
con una actitud dialéctica pero sin antinomias (como la bien conocida por los argentinos,
“civilización o barbarie”). Esta mirada está relacionada con el nivel discursivo y el “carácter
performativo” de la lengua, es decir,
el achicamiento de la brecha entre el decir y el hacer. Discursos que encon- tramos
en los ensayos de José Martí, José Carlos Mariátegui, José Enrique Rodó,
Fernández Retamar, o Ángel Rama,
cuya importancia reside en los motivos de la enunciación, más que en el enunciado
mismo. Es un “corpus
a través del cual podamos
reencontrarnos con formas discursivas que sean
a la
vez actos de dignidad humana,
o por lo menos, que los impliquen” (A. Roig, 2011:241).
La
segunda mirada es la “utópica”, y recupera las ideas reguladoras que no necesitan desarrollos discursivos, porque son palabras-símbolo que condensan significados. Las once
demandas zapatistas son un buen ejem- plo de reconocimiento y dignidad de los
sectores emergentes y su mirada
utópica.
Por
último, la “mirada neotópica” hace alusión al uso de topoi, o nue- vos
lugares discursivos que tienen un respaldo comunitario y que, sin ol- vidar
la importancia de las dos miradas mencionadas, se encuentran en expresiones de lengua aymara, quichua, maya, inglés caribeño,
etc. Esto es, como ejemplo, el concepto de Suma Q´amaña o Sumak
Kawsay, aun- que no debe ser vaciado de su auténtico contenido liberador, en palabras de Cusicanqui, para
transformarse en eslogan político.
Estas
miradas nos llevan, según Roig, a la “Teoría
crítica de la histo- ria”, que des-encubre la filosofía de las historias
imperiales (como la de Hegel, con Europa como fin último de la historia
universal). Se trata de los relatos que jugaron papeles liberadores en la
historia, que han sido considerados microrrelatos por la mirada eurocéntrica, pero que encierran todo el potencial revolucionario que nos acerca
al horizonte de la dignidad humana. Un ejemplo de estas
negaciones históricas son las revueltas del movimiento katarista-indianista de
1979, que, según Cusicanqui, plantea- ron en Bolivia
la necesidad de una “radical
y profunda descolonización en sus estructuras políticas, económicas y, sobre todo, mentales, es decir, en
sus modos de concebir el mundo” (S.
Rivera Cusicanqui, 2010:56).
La subjetividad eurocéntrica
y la “contrahegemonía”
Una vez
sistematizadas las condiciones del filosofar latinoamericano, es necesario
caracterizar el momento presente como el proceso de las lu- chas
que se han dado entre el Norte y el Sur global.
Aquellas concepciones de mundo
de las que habla Cusicanqui no pueden ser desprendidas de la condición de sujetos colonizados en la que nos vemos sumidos los latinoa-
mericanos.
En este
sentido, Boaventura de Sousa Santos en su “Epistemología del Sur”, explica
el eurocentrismo de la llamada
historia universal a través del concepto de “Siglo
europeo-americano”.
Productor
y reproductor de nuestro empequeñecimiento, el Siglo eu- ropeo-americano implica
la idea hegeliana de que en cada era ha sido
uno el pueblo universal histórico, cuya cultura e ideas se conciben como
hegemónicas. La “americanización” es según Santos, el tercer acto de la
supremacía cultural occidental (le anteceden las Cruzadas y la expansión
europea), esto es, la “globalización hegemónica”.
En la actualidad, esa hegemonía se manifiesta de manera más cruda en las relaciones sociales,
las que el autor denomina
“fascismo societario”, y que
se caracterizan por la expulsión de enormes sectores sociales de cualquier tipo
de contrato social (como los obreros, campesinos o guetos urbanos). Un peligro
conlleva la proliferación de este tipo de relaciones, “si se permite que la
lógica del mercado se desparrame de la economía a todos los campos de la vida
social y se convierta en el único criterio para establecer interacciones
sociales y políticas, la sociedad se tornará ingo- bernable y éticamente repugnante” (B. de S. Santos,
2009:227). Este es el peligro de una subjetividad colonizada y mercantilizada.
Desde
esta epistemología y para contrarrestar esa fuerza hegemónica, se propone
construir una nueva
pauta de relaciones sociales, basada en el principio de la redistribución y
del reconocimiento (de la equidad y la diferencia). Esto se debe manifestar en nuevas formas de subjetividad y
sociabilidad, dando como resultado
las globalizaciones contrahegemóni- cas que pueden devolvernos
la dignidad.
Aquellas manifestaciones a contracorriente, las historias negadas
por la Historia imperial, han
emergido en los márgenes del siglo europeo-ame- ricano, y
conformaron lo que Sousa Santos llama “Siglo americano de Nuestra América”.
Toda globalización fue antes localización, y la localización es la globa- lización de los derrotados. Este
proceso que nace del capitalismo, implica la
exclusión de millones,
aunque se encuentra
con resistencias organizadas
en torno a derechos humanos,
biodiversidad, derechos laborales, cuestio- nes de género, etc. y se resume, en
palabras del autor, en un “activismo más allá de las fronteras”.
Es tan amplio el abanico de movimientos con- trahegemónicos que Santos habla de la “Teoría de la Traducción”, la que
permite encontrar terrenos comunes entre indigenismo y feminismo, por ejemplo, y hace que las luchas
se vuelvan inteligibles mutuamente, prerre-
quisito de la equidad y la diferencia.
El “siglo americano de Nuestra América”, al ser la antípoda de la Amé- rica-europea, tiene su basamento en
el mestizaje violento entre indígenas, africanos y europeos. En las raíces de esta mezcla compleja
se debe buscar el asiento de un conocimiento y un gobierno
que no nos sean ajenos,
es de- cir, que no sean eurocéntricos. Nuestra
América como pequeña
humanidad surge de esa
complejidad, de ese “universalismo ubicado”.
Ubicado también
debe ser, en palabras
de Santos, el conocimiento, por-
que “las ideas deben estar enraizadas en las aspiraciones de los pueblos
oprimidos”. Martí había dicho que la universidad europea debía rendirse a la universidad americana,
y en este sentido Cusicanqui
elabora la idea de “Economía política del
conocimiento”. Esta noción se contrapone a la de “Geopolítica del saber”
porque sí pretende
materializarse sin gestos
re- colonizadores de los imaginarios y las mentes
de los intelectuales del Sur,
y especialmente, desentrañar las relaciones (e intenciones) económicas y
políticas detrás de los discursos. En esa dinámica, como los metales y los
alimentos, el conocimiento sale del Sur como materia prima, y vuelve del Norte reelaborado y envuelto de “prestigio”. Vemos que la impronta
in-
ternacionalista y antiimperialista martiana
resuena en Cusicanqui cuando propone establecer diálogos de Sur a Sur.
“Nuestra
América” fue, para Martí, más que un ensayo, un proyecto
político. Y es necesario entender la subjetividad y sociabilidad que pro-
pone dentro del pensamiento utopista ya mencionado por Roig. Implica mirar lo
existente y contrastarlo con lo posible y mejor,
es la exploración imaginativa de nuevos modos de vida y de relaciones, en fin,
de alternati- vas contrahegemónicas.
Esta
subjetividad ha sido llamada por Santos el ethos barroco, porque como forma excéntrica de la modernidad, ha sido
éste el primer movi- miento latinoamericano y mediterráneo, o sea, proveniente
de lugares y momentos históricos donde el centro de poder era débil:
“La relativa ausencia de un poder central confiere al barroco un carácter abierto e inacabado que permite la
autonomía y la creatividad de los márgenes
y las pe- riferias. Debido a su excentricidad y su exageración, el centro se
reproduce a sí mismo como si fuera un margen. Es una imaginación centrífuga que se torna más
fuerte conforme transitamos de las periferias internas del poder europeo a sus
periferias externas en América
Latina” (B. de S. Santos, 2009:242).
Se
trata de una subjetividad de la transición, de suspensión de cáno- nes, de mezcla y
collage, de vacío recubierto de detalles, y por todo esto, de enorme potencial subversivo. No podemos obviar que el
movimiento barroco fue esencialmente pictórico, y en tanto imagen contrapuesta
a la cultura letrada europea
hegemónica, entra en consonancia con la iconogra- fía indígena recuperada por
Rivera Cusicanqui. En la situación colonial, mientras que la racionalidad mercantilista de los centros de poder se mani-
fiesta a través del discurso,
y en ese proceso, lo monopoliza y capitaliza, el dibujo
muestra lo inefable, el “mundo al revés”, el desorden de la periferia.
El sfumato y el mestizaje caracterizan esta subjetividad. La dilución de los
contornos es entendida por Sousa Santos como la posibilidad de inteligibilidad entre
diferentes, es decir, de “diálogos transculturales”. Este proceso,
el sfumato, consiste
en la desintegración de las formas, y su contraparte es el mestizaje, que es ya la recomposición de los frag-
mentos, pero a partir de una nueva lógica. La fiesta barroca, el carnaval, la risa, la inversión
de roles, la desproporción, todo en América
Latina es
maravilloso, y por
eso, potencialmente subversivo. Es la mezcla que supo materializarse en los
60´en la literatura del realismo mágico y que, no ca- sualmente, Enrique
Dussel ha considerado como un momento
fundante de la “Filosofía de
la Liberación” (1975)1.
El mestizaje
es un concepto central para Cusicanqui, quien lo entiende como la identidad
ch´ixi o “manchada”. Hace alusión a la necesidad
de redefinir la idea de lo indio, y correrlo del lugar del estaticismo
al que lo ha condenado el discurso oficial (llamándolos “pueblos originarios”
por ejemplo, se encierra
en un tiempo detenido, el origen, a la cultura
indígena). Se basa en la noción
de “sociedad abigarrada” del filósofo boliviano René Zavaleta, que refiere
a la yuxtaposición de culturas
y modos de producción
que se expresan en las relaciones asimétricas de poder.
Ahí
está nuestro a-priori antropológico, en la valoración y el recono- cimiento de las diferencias que nos constituyen, que no se complementan
armónicamente, ni se fusionan ni pretenden superarse en una totalidad absoluta.
Son los fragmentos que serán reacomodados a medida que “en- grandecemos”.
El “diálogo transcultural” y la necesidad de una “filosofía intercultu- ral”
En su crítica al eurocentrismo, Enrique
Dussel repara en que Hegel ex-
cluye de la “historia universal” a los pueblos
de América (Latina)
y África, y la modernidad
parece ser para él un fenómeno exclusivamente europeo. Este colonialismo
filosófico pervive hasta nuestros días y nos obliga a las “alteridades” a
mancomunar nuestras luchas y encontrar en ellas, como hemos dicho, espacios
comunes.
Es a partir de este pensamiento que se hace necesario el diálogo genui- no como dinámica comunitaria de
aprendizaje e intercambio simétrico, y nunca como negación del “otro”. En este
sentido, Raúl Fornet Betancourt (2001), propone la llamada Filosofía Intercultural, como una nueva pers-
1 Enrique Dussel es uno de los pioneros
de la Filosofía de la Liberación, sistema- tizada en su libro homónimo de 1996, y que, frente a la filosofía eurocéntrica y colonialista, marcó un hito en la historia de la filosofía latinoamericana.
pectiva del
quehacer filosófico y como una verdadera necesidad al servi- cio de la dignificación. Se trata de una transformación radical, que supere la “filosofía de la liberación
latinoamericana” porque ésta, según el autor,
no alcanza a superar el horizonte de la propia cultura.
Algunos puntos distinguirían esta nueva actitud filosófica. En
primer lugar, debe construirse sobre lo inédito,
es decir, sobre las potencialidades
filosóficas que converjan en algún punto,
que no haya sido colonizado por ningún saber cultural. Que, además, sea un proceso
polifónico en donde todas las voces del mundo se contrasten y armonicen a la
vez. Que im- plique una actitud hermenéutica que renuncie a fomentar y
absolutizar lo propio, dando lugar,
en cambio, al diálogo y al contraste, y que, por ello, el paradigma
interpretativo respete y valore la voz y la interpretación del otro, como forma de interpelación común. Que “descentre” la reflexión fi- losófica, es decir, que rechace
todo “centrismo”, no
sólo el eurocentrismo, sino cualquier forma
cultural que subordine a otras. Que promueva el espacio interdiscursivo tanto para la construcción de la identidad filosófica como de la identidad cultural
de una comunidad, y que sea ésta dinámica y transcultural. Y, por último, que
rehaga la idea de universalidad, en la que todos los universos se solidaricen
mutuamente, que promueva al fin “un mundo en el que quepan muchos mundos”.
El logocentrismo antes mencionado se enfrenta aquí con la polifonía
característica de la mezcla latinoamericana. Se trata, en palabras textuales de Fornet Betancourt, de:
“voces históricas, expresiones contingentes que se articulan
como tales desde el trasfondo irreductible de distintos mundos de vida. Están
así cargadas de con- texto y de
cultura. Más aún: son, acaso fundamentalmente, momentos centrales de
condensación de una tradición particular de comprensión del mundo y de la
historia en una cultura determinada. Por ello son también esas voces de la
razón manifestación de autonomía o autoctonía intelectual” (2001:4).
Aquí, la filosofía no habla sobre, sino desde y con. Ese es el verdadero
diálogo intercultural, que tiene implícito el proceso de inculturación de la
filosofía. El modo de comprensión del Sur ya no sería una forma extraña de comprender el mundo, sino tan
legítima como la del Norte. La perife- ria, ese “otro” aparece en la
historia del pensamiento no para ser pensado desde la propia cultura,
sino para comprenderse con él, reconocer
en él
la originalidad y
la dignidad: “El otro, aún en su historia de opresión, es siempre una perspectiva original de discurso que sacude mis seguridades y certezas” (Fornet Betancourt,
2001:6).
Y aquí un punto central
de la filosofía intercultural: la noción de que
uno es jamás constituido en su
ser y su subjetividad desde la posición del otro. El uno y el otro entran en
diálogo, y es en la escucha de las interpre- taciones de mundo de cada uno, del discurso
de las otras formas de pensar, que comienza el proceso de
transformación recíproca.
Ahora bien,
¿qué hace a América Latina
un territorio propicio
para el estudio de la filosofía intercultural? Como ya adelantamos, su
identi- dad ch´ixi, manchada, su enorme diversidad cultural que ha
sufrido los intentos políticos, traducidos
en violencia simbólica,
de uniformidad. De esa
experiencia histórica concreta es de donde debe partir este saber filosófico.
La hermenéutica no puede, entonces, obviar este contexto de luchas que se han
dado lugar desde la racionalidad colonial en nuestro continente. Sabernos
colonizados, empequeñecidos, es el punto de partida.
La
historia colonial, que es la historia de la expansión del capitalismo, muestra
la subyugación de los pueblos amerindios a la racionalidad euro- pea, la
negación violenta del otro, su constitución como cuerpo servil y como subjetividad pagana y despreciable. La “hermenéutica
del invasor” surge de esta base histórica colonial, pero
también, según el autor, la de las víctimas,
cuando éstas rechazan
todo lo autóctono y se apropian, en un
gesto de impostación, de la cultura europea. La dominación ha sido inte-
riorizada, colonizadas han sido también, las subjetividades.
Entonces, el discurso y la voz del otro cobran aquí especial
relevan- cia: “La crítica
del colonialismo es desarrollo de una hermenéutica de la liberación histórica por la que el indio
mudo redescubre su palabra,
y el
negro desconocido dispone de las condiciones práctico-materiales para
comunicar su alteridad” (Fornet Betancourt, 2001:8). No es posible alcanzar la liberación sin antes permitir
y escuchar la voz de las periferias, y ese discurso liberador y propio es el que nos devuelve
la dignidad humana, porque desde esta perspectiva, ya no somos
objetos de conocimiento, sino sujetos del quehacer histórico.
A esto se refiere Santos cuando afirma: “Nuestra América debe deste- rritorializarse y convertirse
en la metáfora de la lucha que emprenden las víctimas de la globalización
hegemónica por todas partes, sea el Norte, el Sur, Oriente u Occidente” (2009:255). La filosofía de Nuestra
América, que es la filosofía intercultural, se erige como un símbolo de
lucha por la descolonización, por la recuperación de la dignidad
y contra la hegemonía
del Norte.
La dignidad humana como
programa político
La
“traducción” de experiencias y discursos es lo que permitirá, para Santos, la
creación de nuevos manifiestos multiculturales nacidos de los procesos de globalización contrahegemónica. Entonces, ¿qué aspectos
de- berían cubrir esos proyectos?
En
cuanto al aspecto político, las democracias representativas se han demostrado
insuficientes, es por ello que necesitamos reorganizar
una de- mocracia que sea genuinamente alternativa al modo de producción y de
relaciones capitalistas. Las formas asamblearias locales y regionales de
gobierno, como la de los Zapatistas en México o en las comunas campesi- nas en muchos sitios de Latinoamérica y Europa, son ejemplos de que otra democracia, una verdadera, es
posible.
En
cuanto al aspecto económico, es necesario también desarrollar al- ternativas
radicales que den por tierra los modos de producción basados en la explotación
de millones por unos pocos, y que en esas dinámicas de producción y
circulación, el precio de los servicios y de los productos no sea el fijado por el mercado.
Fábricas recuperadas y redes de comercio justo son algunas de estas manifestaciones.
En
cuanto a las luchas por la justicia y la ciudadanía, estas se traducen en la necesidad del reconocimiento del multiculturalismo y la autodetermi- nación. No debe confundirse
con las falacias discursivas que promueven un falso multiculturalismo, pero a
la vez reproducen las diferencias entre ciudadanos de primera, de segunda y de
tercera categoría. Los diálogos transculturales deben fundarse sobre
sociedades multiculturales simétricas e igualmente dignas.
En cuanto al conocimiento y los “bienes comunes”, es necesario
reto- mar las palabras de Rivera
Cusicanqui, quien había
incorporado la noción de Economía política del saber,
para demostrar que las relaciones de po- der
entre el Norte
y el Sur también se materializan en las Universidades, en la ciencia y especialmente, en la manipulación de la
naturaleza por parte del saber científico y tecnológico. Aquí un tema central, el de la biodiver- sidad, preocupa a Sousa Santos. El
llamado tercer mundo se ha caracteri- zado por su abundancia maravillosa de biodiversidad, desde que arribaron a estas tierras los
colonizadores hasta nuestros días. El saber científico europeo-norte americano,
sustentado por el desarrollo económico, militar y tecnológico del Norte, compite
hoy con el saber ancestral, se enfrenta a él y pretende saquearlo de
todos sus bienes.
Es por
eso por lo que algunos cambios constitucionales se han venido produciendo desde el año 2009 en Ecuador y Bolivia, y un poco antes
en Venezuela, cambios que reconocen
los Derechos de la Pacha Mama, como una forma de garantizar la
protección y supervivencia de la nuestra y las demás especies del globo. De este modo vemos que es necesario
que los saberes rivales
no se anulen y se tome como válido el conocimien-
to despreciado por el saber hegemónico occidental. Y tanto Santos como Cusicanqui
nos instan a solidarizar nuestros saberes ancestrales con los asiáticos y los
africanos, también periféricos, frente al saber dominante.
Conclusión
Además del indio servil, otras dos figuras
iconográficas andinas llaman la atención de la filósofa boliviana: el indio poeta y astrólogo y la tejedo- ra. El primero se acerca a
la magia y a la sabiduría porque es aquel que sabe cultivar los alimentos a pesar de las contingencias de la historia, y es también la voz
colectiva que viene de antaño. La tejedora en cambio es la materialización de
aquellos diálogos transculturales, de las redes que en- lazan culturas y
saberes diferentes y que edifican asimismo las relaciones humanas acercándolas
a la dignidad.
La
modernidad latinoamericana comenzó con nuestra esclavitud, es decir, con nuestro empequeñecimiento. Desde el
pensamiento filosófico contemporáneo se plantea la urgencia de establecer diálogos que demues-
tren, en nuestra polifonía, nuestro potencial subversivo. Es nuestra consti- tución como sujetos filosofantes mestizos, manchados, lo que permite
que valoremos y reconozcamos nuestra identidad como un proceso
colectivo, propio y legítimo. Que nuestro propio
discurso sea el que nos nombre y la
nuestra, una subjetividad original y solidaria. Son esos los pasos que nos
aproximan a nuestro horizonte de emancipación, que nos liberan de las amarras
coloniales y que nos acercan, inminentemente y sin retroceder, a la vida digna.
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